Está mal romantizar los actos dañinos, violentos contra uno mismo o los demás. Lo sé de sobra. Sin embargo... carajo, cómo no iba a acordarme de esta imagen, a desvelarme hoy buscándola, si cuando le pedí ayuda me dijo que sí. No puedo pedir nada más, nunca. Ese día era lo que necesitaba. Que se quedara un poquito a escuchar cosas tristes una vez más, como ese 9 de mayo del 2016 en que yo no podía más que abrazarme las piernas y temblar; y él estuvo ahí y me ayudó a calmarme. Claro que el precio fue altísimo: par de morritos nerviosos en urgencias, Fernanda haciendo pendejadas una vez más. Pero me quedan esos ridículos minutos en la cabeza, en que le dije que éramos como este bendito cómic, el último cuadro. Siempre quise correr de la mano con él.
"A ver, la manita", creo que dijo, jajaja. Y yo con mis tonterías estilo La Bella y la Bestia de "si me muero, que bueno que al menos pude verte una vez más". Maldición, qué buen cierre para todo esto.
Lo que queda es irse diluyendo, despacito, mudo. Como agradecimiento por un recuerdo tan bonito como incorrecto: literatura de la que me gusta, en resumen.

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