Sirena, vuelve al mar
Varada por la realidad
Sufrir alucinaciones
Cuando el cielo no parece escuchar....
Héroes del Silencio.
Salió al frío aire de la mañana. Estaba nublado, bien podría no ser precisamente la mañana. Se encontró con varias amigas, hablaron de su chico. Amplios hombros, amable y divertido, unos ojos marrón profundo que derretían. Con su chaqueta de cuero café, todo un sueño.
Y eso era, al final. Cali se despertó, demasiado temprano, casi de madrugada, frustrada por la cada vez más borrosa imagen de su chico.
Todo dolía. Cada parte de su cuerpo, de sus huesos. Podía moverse, porque eso no aumentaba ni disminuía el dolor. Y eso era lo peor: no había una forma de apaciguarlo. Te duele la cabeza; si la presionas se calma. No se va el dolor, pero se calma. Y para esto no había nada, Cali lo aguantaba completo.
-Ya llevas meses así, vamos al hospital.
El preocupado pero aun así distante padre de Cali se mantuvo callado todo el trayecto, pero al llegar a la sala de espera, quiso indagar más sobre el dolor. Si algo es más irritante que sufrir, es tratar de explicar cómo se siente el sufrimiento.
-Creo que iré al baño. No tardo.
Se enjuaga la cara con agua tibia. Se mira al espejo, y en vez de ver su rostro –alargada, más delgada estos meses, con un cabello que parece crecer a medida que ella se debilita-, lo ve a él. A su chico. Un parpadeo y se fue. Ahora está tan mareada que debe sostenerse. Regresa con su padre, quien ya debe irse al trabajo.
-Tú puedes sola, ya estuviste aquí antes… tu mamá te llamará.
Casi después de eso pasa con un médico general, y después de unas horas de trámites y de avisarle a su madre que difícilmente llegará a cenar, llega con el especialista. Un reu-ma-tó-lo-go, nueva especialidad, para la colección. Neurólogo, psiquiatra, psicólogo… todo por sus malestares matutinos, que se expresan de forma cada vez más despiadada.
Una enfermera la guía hasta la puerta del consultorio/ semi-quirófano. Su mareo empieza a aumentar, la hace apresurarse para no caer. Cómo le gustaría un vaso de agua.
-Buenas tardes, ¿Me dices tu nombre?
Oh dios mío, dios mío, es él. Unos años mayor, pero es él. En vez de la chaqueta tiene una bata, pero no podría ser otro. Se parece más a él que sus sueños.
El mareo se va. Ya ni siquiera podría recordar el dolor. Una vibración en las pantorrillas las mantiene juntas, pegadas. Cali se sienta y comienza a balancearlas, atrás y adelante, tratando de que no se note. Cada vez tiene más sed. No contesta, sólo lo mira a los ojos.
Él sonríe, un poco incómodo. Ni sus años (realmente pocos) de experiencia profesional le sirven ahora. Está paralizado también, no puede decir nada.
-Ven.
Casi me parece indebido narrar lo siguiente. Por el exceso de ternura, de intimidad de las frases. Por tantos “me perteneces”, “te esperé siempre”, “te necesito”. Podemos omitir todos los besos comunes, entonces, y llegar al que cambió las cosas. Sólo un hilillo de sangre en la comisura de su boca, la de él, algo de miedo.
-Shh, shh, no pasa nada. Ven, ven.
Cuando él quiso separar las piernas de Cali, sus pantorrillas comenzaron a vibrar de nuevo. Le decían que querían quedarse juntas, que se querían unir.
Unirse y entrar a esa agua de mareos, unirse y bajar, bajar, bajar, y ahí debajo los huesos no dolían porque la presión era ideal para ellos, y que todo era como en sus brumosos sueños.
Sólo necesitaba…
-Doctor, ¿Cómo se encuentra? ¿Cree que ya podría decirnos qué pasó? Todas estamos muy preocupadas.
Él se despertó en una cama del hospital, con un terrible dolor de cabeza y el cuerpo blanco, casi gris, con dos enfermeras mirándolo fijamente.
-No recuerdo nada… cómo… ¿Cómo me encontraron?
Con voz profesional, de tomaré-el-control-aunque-esto-sea-rarísimo, una de las enfermeras habló:
-Cuando fueron las chicas de la limpieza a su consultorio, estaba en el suelo, con una marca en la espalda, por la que le… le drenaron un litro de sangre, más o menos. No sabemos qué pudo haber sido. Si le soy sincera, es… bueno, no importa. Lo dejaremos descansar.
Se fueron antes de que él hiciera preguntas que las asustaban.
Él se quedó mirando al vacío, desconcertado como nunca, pues no recordaba nada desde la tarde, desde…
Un par de brillos detrás de la cortina, una silueta humana.
Cali no había podido irse, algo la ataba. Su naturaleza recién descubierta la impelía a buscar desesperadamente el agua, el chorro más ínfimo, para poder regresar. Pero ahí estaba él, y la culpa-deseo-anhelo también.
-Perdona-dijo casi en un susurro-. Lo siento, lo siento…
Cali cantaba. Otra vez, recordó él. Recordó su enternecedor canto anterior, la sensación de una cola sobre sus piernas, que hacía como si nadara. El clímax del canto y las manos en su espalda. Gritó.
Cali salió corriendo por la ventana. Agua, agua por favor. Donde la haya. Pero las piernas volvían a doler, y Cali se dio cuenta de que ya no sabía usarlas muy bien. No podía avanzar casi nada, por más que se esforzara. Al final, parecía que la pobre Calipso no podría regresar a casa, la prueba había sido demasiado dura, pensaba ella, cuando algo la derribó y le rompió el cuello.
Él sabía que ya estaba hecho, que lo habían jodido de por vida, que sin el canto que arrastra a la tempestad, no iba a poder encontrar atractivo nada más en su vida. No pudo más que odiar a esa hipnótica criatura.
Pero tampoco pudo negarle un último, húmedo beso, que la dejara regresar.
