Perdida en la cantera, también
perdida, perdida
fría
libre en camino entre rocas oscuras y viejas
rocas
rocas en la mañana, también
raíles, raíles
y el sol y
piernas aire tela desgarre para como siempre
frío, hielo
dolor
ardor, quemazón y ahora miedo.
¿Me rompí el pecho?
perdida, perdida
fría
libre en camino entre rocas oscuras y viejas
rocas
rocas en la mañana, también
raíles, raíles
y el sol y
piernas aire tela desgarre para como siempre
frío, hielo
dolor
ardor, quemazón y ahora miedo.
¿Me rompí el pecho?
Corrí, pero, ¿Me...
(Recuerdo un ejercicio viejo de teatro en el que corríamos hasta desfallecer y luego nos tirábamos al suelo, y una voz diciendo que ese pulso desbocado, esa respiración agitada y ese ardor en la garganta eran nuestro cuerpo vivo, que lo sintiéramos. Frente al tren, esa bestia de metal que frenaba y seguía, frenaba y seguía, después de haber corrido a su par, yo estaba completamente viva, lo sé. ¿Vivir es dolor y miedo? A veces. Ese día viví con mi pecho.)
Volvamos a
las pérdidas perdidas
a mi perdición deseada
a deseos de perder sangre
la mía y la de otros. Piérdete.
Volvamos a la roca.
¿Cómo aprendes a volver, si no quieres saber dónde estás?
(Pues preguntando. Pregunté y pregunté, me equivoqué todas las veces hasta que llegué a donde debía; a mi casa. Dirán que ya ni es verde ni es mi casa... pongo a mis sueños de testigo. Casaverde está justo en el corazón de las rocas viejas. Amo sus alrededores sucios, su gente malencarada y vulgar, su cercanía a la belleza colonial y sus secretos familiares. La amo de afuera hacia adentro y viceversa. De forma irracional y materialista. E incluso, bien lo sé, de forma poco correspondida. Pero me permite quererla y nos juntamos, yo la arreglo en lo que puedo y ella me esconde desde siempre, me contagia su melancolía y nos vamos mezclando hasta que ella se entibia en un punto y yo huelo a encerrado.)
Primera parada entre Roca y yo: Casaverde,
donde no tienes que ser nadie.
Ya todos fueron, ya pasó el tiempo.
Los años quedan afuera.
Niña, paseo en su frío
-frío diferente-.
Es tan grata la melancolía.
Nadie espera de ti cosa alguna.
Este mundo los dejó ya:
"Abandonad toda esperanza" es lema.
Se vive, así. A lo Gabo. Es bello. Es viejo.
Miento -nadie me culpa-.
Llevo mi llama dentro, diminuta y verde.
Con golpes de risa fácil espero un milagro u otro.
Después de todo, verde es la casa.
O lo era, que es igual.
Mi llama es tan fuerte que rompe el tiempo.
(Otra mentira, pero leve. No digo que ya no tenga esperanzas en Casaverde, sino que me iré de aquí y ya no estaré para llevarlas cada sábado. Igual no he estado haciendo un gran trabajo estos meses, igual está bien que me vaya. Todo este texto es una búsqueda de lo que perdí ayer, mientras vagaba por el Centro dos, tres, creo que cuatro veces, y no me desorienté ni en una sola ocasión pero dejé de ser yo.)
Visita a la Roca: trágame.
Secuéstrame, asáltame, viólame, piérdeme.
No merezco el oriente de la costumbre.
Más el logro, y el puente, y los trenes encima.
No pedí mi deseo, ya veía el Montecillo.
¿Deseo...?
Convertirme en una flor para cada uno de mis amigos.
Aliviar las penas de cada ser desdichado sobre el mundo.
Sacarle una sonrisa a cada persona con la que me tope.
Ser una bella fuente de felicidad en mi familia.
y
(pero es lo de menos)
Un poquito de calor. Pero en el alma, justo en la soledad acuciante que me quema y me orilla a gritar de dolor cuando me doy cuenta que hay días que nadie pero nadie contesta el teléfono y que no es que no me hayan comprendido nunca sino que no les importa y que ahí fuera no hay un caballero de armadura reluciente esperando recibir mis abrazos y besos, impaciente por hacerme feliz y darme pláticas largas, noches de insomnio, uniones mágicas, intensidad y Esa Otra Vida que no duele, que sospecho nada más... o si no en los pies, que tengo muy mala circulación y ni el más grueso edredón ayuda.
No pedí mi deseo.
Hace un tiempo que no deseo nada.
No estorbarle a los otros, quizá.
Un beso de amor verdadero.
Ilusiones que no sean infundadas.
Nada.
No soñar con rostros con los que no debería.
Mejor, no soñar.
Superstición, endeble religión
como sea. No creo.
Hay más verdad en la energía de estas piedras
que en mis ruegos a una hora o a un tren.
¿Acabas?
Acabo.
Trenes cantera heme aquí
carne de cañón
pendeja asaltable matable
Miren mi agua salada
mi medusa horrible
mi rictus de susto
mi lento correr.
Llévenme a salvo
que no salté del puente del mercado.
¿No ven
que no me quiero dejar de sentir?
Heme aquí en calles viejas
oscuras, secretas
encerradas cual mi casa
¿Eres toda mi casa, antiguo Centroverde?
Tu viento libera
congela horrores
pero también guía,
¿Verdad?
Dos incipientes décadas
te ofrezco en comparación
pero nos bastan;
nos conocemos. Ayer entendí.
Y yo, Rayueliana tonta,
queriendo perderme en París.
Con este microcosmos de cafés
edificios calles secretos amores
a la vuelta de mi casa.
¿Qué perdí en tu centro, Centroverde?
Mi dolor sigue aquí
mi amor que duele, también.
Te quedaste con mi miedo
terror pánico infantiles
a perderme, a morirme
a dañar mi cuerpo inútil, a enfermarme
a preguntar por calles, a caminar en la noche
a crecer, un poquito.
Lo que sigue es que me pierdas tú a mi.
Hasta siempre, centro, casa, calles, amigos, todos;
deseo, por una vez,
ser lo que se pierde en vez de la que pierde.


