-¡Hey, deberían dejar de hacer chistes con tu nombre!
1
Alma corría apresuradamente bajo el aguacero, tratando todavía de alcanzar el camión de la noche. Pasaría en unos minutos y ella, aún a toda velocidad, no podría llegar hasta la parada sino dentro de media hora. Pero la prisa era entretenida, le daba la adrenalina de la que habían carecido sus días desde que comenzó a ser Alma.
La prisa, la ciudad, los encargos; ése era el máximo desafío, el punto más estimulante del mes. De la semana, si tenía suerte.
Este sedentario ritmo de vida había comenzado apenas hace un año, cuando la entonces Hazel decidió escapar junto con Daniel y la entonces Eva (ahora su madre), de su terrible destino. Destino que no mencionaremos aquí, puesto que Alma-Hazel renunció a él y jamás podría conocerlo con certeza.
Vivían cerca de un pequeño poblado rural, sólo veían a alguien “de fuera” cuando era necesario comprar víveres, el dinero simplemente aparecía y nadie osaba preguntar cómo.
La primera semana, a Hazel le parecía vivir en el paraíso; estaba rodeada de las amorosas atenciones de Daniel y de Eva, quien le pidió que la llamara mamá. Luego llegó el hastío. El hablar con alguien que no viviera en esa casa se le volvió una fantasía prohibida, el tener una amistad algo remoto, y el día a día parecía una repetición cada vez más absurda.
No podían regresar a la escuela, los encontrarían; no podían conseguirse un trabajo real, era demasiado riesgo para Eva. Su corazón no soportaba la idea de perderlos a ellos, a sus hijos, los que le había dado la vida que tan cruelmente le había arrebatado la posibilidad de parirlos (tuvo tres abortos espontáneos, pero niños, no me hagan hablar de eso porque siento que me vuelvo a partir en dos).
Pero qué importaba vivir con una señora que, pensándolo fríamente, no conoces ni hace tres meses, y que casi te exige que le profeses adoración filial, qué importa, repito, si tienes al amor de tu vida junto a ti. Para estar en las buenas y en las malas, y para desahogarte; para hablar de lo que estás sintiendo respecto a Eva y para insinuar que si ya se escaparon de sus padres no sería difícil huir también de ahí y empezar (otra vez) de nuevo sus vidas, esta vez solos.
Puede que importe un poco, si el amor de tu vida se espanta al escucharte decir tales <<tonterías>>, si asegura que ustedes jamás podrían sobrevivir solos y hace notar, con actitudes inconscientes, que preferiría quedarse con Eva que ir a cualquier parte contigo. Y si vuelves a intentar pensar calmadamente, te das cuenta que te fuiste de tu casa con una señora a la que acababas de conocer y un pusilánime conformista, que además tenía problemas familiares, al que le dijiste hola por primera vez hace menos de dieciocho meses.
En fin, tal vez Hazel fuera por ahí pensando de forma pesimista sobre su futuro, pero la ventaja que tenemos al vivir sólo en el presente (el decir “vive en el pasado” o cosas por el estilo son solo metáforas, en realidad nadie de nosotros puede estar en ningún lugar además del ahora), es que es tremendamente fácil distraerse de las cosas trascendentales, importantes e inevitables, y poner nuestra atención sólo en la acción realizada.
Es por esto que Hazel, incluso bajo la lluvia, era en los momentos que describo una personita feliz, por tener un propósito que cumplir y estar sorteando las dificultades para lograrlo. Ya estaba, sólo tenía que cruzar la avenida y sentarse en la parada a cruzar los dedos; y ni siquiera tendría que esperar al semáforo, con la calle tan vacía…
Se le pusieron alerta todos los sentidos, de forma tan desagradable como cuando estamos asustados y nos quedamos quietos, tratando de percibir al máximo, de succionar cada gota de información que dan los sentidos. Un coche la había golpeado, pero no sentía nada más que un calor casi agradable en la pierna (calor como de ejercicio), entumecimiento y una subida de adrenalina que la hizo marearse. No se había caído.
-Cielo santo, lo lamento. ¿Te encuentras bien?
El conductor bajó de su coche, y sostuvo de un brazo a Hazel, tal vez haciéndole más daño que ayudándola, pero ya se sabe el estrés que provoca en las personas un choque.
-Si… si. Aún no me duele, tal vez después…
Hazel se puso a cuchichear cosas sobre el dolor y la adrenalina, pero el desconocido ya no la escuchaba. Después de dirigirle una mirada extraña y pedirle que se sentara en la acera, se subió a su coche y se fue. Del asombro, Hazel no dijo ni pío. Sólo se quedó ahí, mirando un rato, a la tranquila calle ya oscura.
<<Ahora ya no pasan autos, eh?>> pensó, un poquito histérica tal vez.
-Buenas noches, bella señorita, me preguntaba que hacía alguien tan joven y bonita en estos sitios tan peligrosos… ¿Puedo ayudarla en algo?
Frente a ella se encontraba un hombre rechoncho, con un traje café claro, como de profesor, con un saco que no alcanzaba a taparle el enorme vientre. Traía también un sombrero pasado de moda. <<Un detective de película de los cuarenta, no un profesor>>, se corrigió Hazel. La situación tenía todo el aspecto de acabar mal para ella; en una cajuela, en un motel sin su virginidad (terrible, ¿no es cierto? Una se escapa de su casa con el novio y lo que espera es libertad y un montón de sexo, pero desde esa única oportunidad que ella y Daniel no pudieron aprovechar por la sorpresa, no se habló más del asunto-no hubo oportunidad-. Luego, con Eva ahí siempre, era un imposible), en el fondo de un río, en una bañera con hielo… <<Pero al menos será emocionante>>. Además, por alguna razón, el desconocido le recordaba mucho a una caricatura de un pelícano que hacía tratos mágicos, el cual la divertía y asustaba a la vez.
-En realidad, acabo de tener un accidente. Cruzaba la calle y un coche me impactó, pero cuando vio que no estaba muerta, el conductor sólo se fue y me dejó aquí. Vaya hijo de perra.
Ahora que había con quien hablar, la indignación hacía acto de presencia.
-Increíble, que un ser humano tenga tan poco corazón y tan escasos valores morales… ¿Pero qué le está pasando a esta sociedad?-El pelícano sonrió, y Hazel sintió confianza-. Y ¿a donde te dirigías…¿Cómo dices que te llamas?
-Hazel…Alma, quiero decir.
-Sí, Alma te queda mejor. Entonces, ¿se puede saber hacia dónde ibas, Alma?
-A casa, con… mi madre y con Daniel. Ya es tarde y deben estar muy preocupados…
A veces lo más liberador es hablar con un extraño y contarle lo que jamás le diríamos a nuestros seres queridos, y si bien pudiera parecer que el dar detalles que la otra persona no comprendería (nombres sueltos, objetos, situaciones específicas) es una forma de mantener el anonimato, en la mayoría de los casos se capta la esencia del problema, justo lo importante, lo más íntimo y delicado. Claro, si se es observador, y el hombre-pelícano lo era.
-Pero eso no te importa demasiado, ¿verdad? No te ves muy emocionada por regresar a casa…
¿Qué caso tenía fingir? ¿Qué iba a hacer ese tipo, contarle a Eva?
-No, la verdad es que no. Es mortalmente aburrido y estoy harta. Hartísima. Si tuviera la forma de salir de ahí…
-¿Una alternativa, dices? Bueno, señorita, en ese caso te puedo ayudar.
Perfecto. Maravilloso. No era un detective ni un profesor, sino un proxeneta reclutando desesperadas. Eso se ganaba Hazel por contarle su vida a un desconocido.
-Eh… no, en realidad no me interesa ningún trabajo que me pueda ofrecer. No soy ese tipo de mujer.
Pero bueno, no podía negar que alguna vez había fantaseado con serlo… con esa inmensa libertad y diversión, además de todo el drama.
-Ah, pequeña, mi intención no era ofenderte. Me has malinterpretado, lo que yo te ofrezco es más bien… tómalo como una oportunidad de estudio. ¿Te gustaba estudiar, verdad? Se te nota la inteligencia.
Ahora sí que se asustó Hazel.
-¿Cómo sabe que no estudio? ¿Me vigila?
Sabía que lo más prudente era salir corriendo de ahí, pero desde siempre había tenido la estúpida reacción de quedar inmóvil ante los ataques masculinos. En los camiones, en la calle cuando se le acercaban los pervertidos. Menos mal que siempre había habido alguien para salvarla –que nunca fue Daniel, sino su madre, pensó amargamente-. Y ahora, sola en la noche con un desconocido acosador, se dio cuenta de que estaba a miles de kilómetros de su madre, quien pensaba que ella había muerto. La soledad la aplastó de tal forma que dejó de sentir miedo por el hombre-pelícano. Al fin y al cabo, ¿qué era él? Solo un viejo caricaturesco que lo más que podía hacerle era daño físico. Y si la matara… bueno, Hazel siempre había dudado de las católicas creencias que le habían inculcado, pero con sus escasos conocimientos científicos había formulado íntimamente la teoría de que todo estaba perfectamente organizado, de que todo tenía una razón y al morir la descubriría. Eso no debía de ser aburrido para nada, por lo que, haciendo un balance general, el desconocido le haría un favor.
-Claro que no, acabo de conocerte. Es sólo que sé fijarme en los detalles. Por ejemplo, en el dedo índice de tu mano derecha. Tienes todavía un callo de escritura, pero ya casi no se nota. Es, digamos, la “deformación del estudiante”-dijo entre risas-. No eres madre soltera porque no te urge regresar a casa, ni estudias ahora porque no tienes ojeras. Puede que haya otras causas, pero me gusta sentirme astuto y arriesgarme.
Bueno, visto así, parecía muy obvio, aunque la sospecha seguía. Sin embargo, en ese momento Hazel tomó otra de las decisiones impulsivas que la caracterizaban (¿no lo han notado, lectores?).
-Entonces, ¿Cómo es ese trabajo? Me… me interesa.
-¡Maravilloso! Bien, tiene varias fases… La primera es sobre tus alcances. Todo lo que te imagines debes pedírmelo, y yo te lo daré. Claro que no hablamos en serio, es… una cámara de simulación (la llamaremos así por ahora) en la que deberás quedarte. Todo es como real. Las otras fases no tienen ningún sentido ahora, pero bueno, ya te diste una idea. ¿Qué te parece?
Hazel, que de un solo golpe se había dado cuenta de que odiaba su nueva vida y la anterior jamás la recuperaría, decidió dejar de ser ella y entrar de lleno a su nuevo papel. Alma, la incansable imaginante que tendría todo cuanto deseara. ¿Cuántas veces no había querido tener cosas, y los impedimentos le caían encima como piedras? Y ahora… Todo. Bueno, era realista, había que ver qué era ese todo, pero igual prometía. Alma-nunca-más-Hazel le dio la mano al hombre pelícano, y quedaron de verse al día siguiente (Parecía, a pesar de todo, una descortesía no despedirse). Él la llevó a casa, en absoluto silencio, excepto cuando ella bajó del coche.
-Por cierto, me llamo Jeff.
Alma sonrió y se encaminó a la puerta. Todo estaba apagado ya, y ella no tenía forma de saber la hora, pues no tenía celular, o reloj, o alguna forma de comunicarse con el mundo.
Llamó a la puerta un buen rato –a pesar de que Eva siempre abría casi de inmediato-, y comenzó asustarse. Unos minutos se quedó ahí, solo mirando la puerta, sin pensar en nada, y se preguntó por qué no se ponía a jugar con su celular mientras tanto. Al buscar en el bolsillo un aparato que ya no estaba-hasta ella estaba de acuerdo en que sería facilísimo localizarlos con algo así, aunque a Eva no se le veía la menor intención de reponerlo-, encontró sus llaves. <<Idiota>>.
Pero todo estaba vacío y a oscuras. Ya, fin, los habían encontrado a ambos y ahora estaban en prisión. Lo más probable era que volvieran por ella…
Corrió como loca, esperando poder alcanzar al sujeto que le había ofrecido trabajo, rogándole a quien fuera (dios, los espíritus, cualquier ente con poder sobre su destino) que el auto que la había llevado hasta ahí siguiera en su lugar.
Pero nada. Alma se sentó en el suelo a llorar de desconsuelo, sin saber qué hacer.
-¿Qué ocurre, pequeña? Había olvidado que debía pedir permiso a tu padre o tutor para…
-Ya no están, ya nadie es responsable de mí. Más que yo. Vámonos.
2
Alma corría velozmente sobre el techo de un rascacielos, en plena madrugada. La brisa en su cara era fría, y la carrera la convertía en una ráfaga revitalizante. Debía recoger los objetos ocultos en toda la superficie (y no era precisamente pequeña, para estar tan alto), la mayoría en los bordes más peligrosos. La vista era a la vez terrorífica y hermosa, y el movimiento creaba la ilusión de estar en un mar de luces. Alma encontró el último objeto (una sudadera roja, Jeff no tenía precisamente creatividad para sus objetos), y entonces comenzó la cacería.
Un hombre vestido de rojo con los ojos del tamaño de pelotas de golf, plásticos y brillantes, con unos iris negros y enormes, entro a la escena de repente. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, y cuando vio a Alma, corrió hacia ella con los brazos extendidos. Alma no perdió el tiempo, se echó a correr hasta llegar a uno de los bordes del edificio, y con una sonrisa burlona, se dejó caer de espaldas. Ya en el aire, dio unas cuantas volteretas, para finalmente quedarse de pie, lista para aterrizar…
…sobre un trampolín colocado en medio de la calle, del tamaño de una cama. Rebotó unas cuantas veces y bajó al suelo, para después hacer una exagerada reverencia.
En ese momento vio salir de su estómago un cuchillo, y escuchó la voz del hombre de negro: <<Perdiste>>.
Alma abrió los ojos en un almacén industrial con pinta de abandonado, pero con todas sus ventanas enteras y las puertas bien cerradas. Jeff la levantó del suelo.
-Te lo dije, uno no debe andarse distrayendo en las misiones. Cuando sea algo por placer no hay problema, pero no me sirve de nada que te maten a los cinco minutos.
-Ya, lo siento, es sólo que nunca había caído desde tan alto. La próxima que sea el doble de alto, ¿sí? También con algo para brincar.
-Como quieras, después de todo es a cuenta de tu paga. Y ahora, comamos, que pronto debo salir.
Alma sacó de uno de los cuartos del almacén una vieja mesa plegable, un par de sillas y un mantel. Jeff, por su parte, colocó un par de platos y vasos, llenos hasta el tope con comida frita y refresco.
-Eres todo un chef.
-Me apasiona cocinar.
-¿Ya me dirás cómo funciona?
-No.
Desde el día en que Alma se había ido con él para vivir y trabajar en esa mohosa bodega, su mayor duda era cómo funcionaban las simulaciones, qué clase de aparato híper sofisticado sería capaz de inducir todas esas experiencias tan vívidas, y dónde estaría. En la bodega no, ella la había revisado por completo.
¿Qué le pasaba a su cuerpo mientras ella estaba “fuera”? ¿Qué tipo de información podría obtener Jeff de sus misiones?
Ah, las misiones. Iban desde recoger unas cuantas margaritas en las campiñas francesas hasta asesinar a alguien, de nadar en mar abierto en busca de una ballena hasta sufrir una de las torturas de la Inquisición. Por cada misión que ella cumplía, Jeff la recompensaba con una simulación que ella deseara, por tiempo indefinido. Sólo terminaban hasta que ella “se moría”. Claro, uno podía pedir una simulación de una vida de casados, con hijitos y un trabajo y todo, pero ahí estaba el defecto de la máquina de Jeff. Las personas eran personajes planos, casi como robots, metidos por completo en su papel y, después de un tiempo, hacían y decían siempre lo mismo. Eso la había orillado a uno o dos suicidios domésticos, en la tina del baño o con un enorme cuchillo frente a su esposo-robot.
Después, nada. Morir era abrir los ojos y encontrarse tirada en la bodega, con Jeff mirando, sentado, impasible.
-¿Aunque sea me dejarías usarla a mí una vez?
-Es imposible. Come tu nugget.
-Envidioso.
-No tienes idea.
-Oye Jeff, tengo una duda… ¿siempre acaban las simulaciones cuando uno se muere, cierto?
-Cierto.
-¿Por qué? Sé que no hay nadie que tenga esa experiencia y pueda contarla, pero… ¿no podría haber una simulación como del… cielo, o el infierno, o como un fantasma? ¿Una simulación de la muerte?
-Mmmh. Así como lo planteas, es posible, pero, ¿cómo regresarías? Ya estás muerto, habría un fallo en el sistema.
-Genial… ¿“atrapada para siempre”?
-Exactamente. Aunque en lo personal, no me parece de ningún interés la muerte. Debe ser sólo como cerrar los ojos y no sentir nada, qué aburrido. Bueno, si me disculpas, me retiro. Buenas noches y no intentes huir, por favor.
Jeff era así, con un humor excéntrico y muchas veces oscuro, con una plática fascinante pero siempre correcta, y por más que Alma hablara con él, nunca había revelado un solo detalle de su vida. Era todo un misterio.
-Claro, como si tuviera oportunidad contra 500 kilos de cadenas y un candado gigantesco… -y esto no era broma, Alma podía verlas a través de la puerta de la bodega, que era más bien un montón de maderas muy separadas-. Pero no, no lo haré. No sin mi dinero.
El comentario estaba justo entre la broma y la realidad, pues Alma no tenía nada de dinero o ropa –más que la genérica que Jeff le llevaba-, y no lo tendría hasta el -indefinido-final del experimento. No tenía caso salir (¿a ver a quién?), así que cuando Jeff le dijo que por motivos de confidencialidad lo tenía prohibido, casi no le afectó. Sentía día con día como su rebeldía y su vida anterior se evaporaban y se volvían una ensoñación bochornosa.
Jeff salió, dejándola sola, y como siempre, tan cansada que sólo pudo irse a dormir, a su cama de una esquina de la bodega. A Alma le parecía vivir en una caja de zapatos, una muy parecida a la que había sido la habitación de Melanie, su muñeca favorita. En la bodega había todo lo que tenía una casa –habitación, comedor, cocina, baños-, cada módulo en una esquina o bien pegado a la pared, con un enorme espacio vacío al centro.
Le gustaba pensar en ella misma como una muñequita, quieta hasta que venía Jeff.
Él… no podía decirse que le tuviera afecto, no la abrazaba-mucho menos otro tipo de cosas- ni le mostraba ninguna emoción, y Alma se mentiría a sí misma si dijera que lo apreciaba. Era entretenido, y punto. Incluso esforzándose, Alma no podía imaginar que Jeff tuviera sentimientos o emociones, o que hiciera algo con ella mientras estaba en una simulación. Era imposible.
Su cama era algo vieja, con sábanas igualmente gastadas, pero muy acogedoras, daban la sensación de estar dormido sobre cojines. A ese exceso de comodidad le atribuía Alma sus extraños sueños, por los que sucedían cosas aún más imposible que en las simulaciones. De vez en cuando flotaba por ahí entre sus recuerdos, preocupándose por sus padres o por Daniel, pero era como un sueño más. Y al despertar, Jeff ya estaba ahí, poniendo la mesa para el desayuno.
La vida de Alma se había vuelto una rutina basada en nunca tener una rutina, y eso le dio la satisfacción que había estado buscando toda su vida.
3
-No fue nada divertido lo de anoche.
Alma tomaba su café lentamente, enojada pero controlada.
-No estaba pensado para que lo fuera.
-Hablo en serio, si me vuelves a dejar encerrada ahí-ni siquiera sabía por cuántas horas, con hambre y un poco de claustrofobia, ¡en el jodido baño!-…me largaré, no me importa que no tenga nada.
-Tómalo como otra simulación, Alma. Sólo quería ver tus reacciones. Recuerda que el experimento avanza y ahora entramos a una etapa más fuerte.
-¿Ver mis…? ¡Por favor, si estaba encerrada! ¿Cómo rayos ibas a verlas?
- Lo hice. Y si dejas de quejarte, me permitirás decirte… que sí, te dejaré usar la máquina. Para que tú misma crees las simulaciones de tu paga.
Alma lo miró con los ojos muy abiertos, con el café aun en la boca. Tragó.
-Estás bromeando.
-No, mañana mismo la traeré aquí, te mostraré como funciona y podrás usarla. Pero ten en cuenta…
-¿No simular que estoy muerta?
-No fisgonear, tú a lo tuyo y basta.
-Y… ¿vas a saber qué es lo que simulé?
-Podría hacerlo, pero por la pregunta imagino que querrás que algunas cosas sean privadas… sólo bórralas cuando termines.
Alma sonrió de oreja a oreja, sin ni siquiera dar las gracias. Sabía que no era necesario.
Después de un viaje de treinta horas en tren, y de una noche reparadora, los ruidos metálicos despertaron a Alma. Jeff acababa de cerrar la puerta de la bodega, y había traído con él justo lo que Alma imaginaba: un enorme cacharro con cientos de botones, palancas y pantallas.
-Bien. Acércate. Aquí tenemos… el monitor principal, que muestra lo que ves ahora (tengo la máquina sincronizada contigo), en esta pantallita oscura aparece lo que vas agregando a la simulación, y….
Jeff estuvo hablando cerca de una hora, explicando a detalle cada parte, con una atenta alumna que devoraba cada palabra.
-¿Has entendido todo?-Alma asintió- Muy bien, te dejo. ¡Ah! Me olvidaba. Sabes que para iniciar la simulación te pido que te acuestes en el suelo con los ojos cerrados (mientras yo voy a accionar esta palanca, ahora es obvio), pero no es estrictamente necesario, sólo evitaba que te marearas y fueras a caer –a morir- antes de tiempo… ¡Diviértete!
-Jeff, olvidaste decirme cómo borro la simulación.
-Ah –sus ojos brillaron perversamente-, es necesario desde ahora, ¿eh? Bueno, únicamente presionas éste –señaló un botón azul muy escondido, del tamaño de una canica-.
Alma se sintió avergonzada por esa mirada de Jeff, pero se dijo a sí misma que debía preguntarlo. Si algo jamás haría, era permitir que él conociera sus pensamientos, sus deseos. Ya vivía con él, dependía de él y era la única persona a la que veía. Si además, conocía su interior… sería como ser suya por completo.
4
-¿Otra vez estamos aquí?
-Sí, pero tranquilo, ahora sé cómo funcionan las cosas.
Alma-Hazel, en esta simulación ella era de nuevo Hazel-se acercó cariñosamente a Daniel, dentro de esa habitación subterránea en la que ambos habían aparecido sin explicación, hacía ya tanto tiempo. Éste, reacio al principio pero totalmente cooperativo después, respondía a sus deseos tal y como ella lo había programado. Había sido muy cuidadosa en eso, pues tenía la hipótesis de que las personas de las simulaciones de Jeff eran tan aburridas porque él no era minucioso. Había acertado. Daniel era tal como en sus recuerdos, pero sin las partes que no le gustaban. Era perfecto.
Quien sabe cuánto tiempo estuvo ahí, pues se dio cuenta que si acababa el “libreto” de la simulación y aún no morías, ésta se prolongaba y se prolongaba en lo mismo. Finalmente, como un gesto de agradecimiento hacia Jeff (y también porque se había comenzado a aburrir) dejó dormido a Daniel y saltó por la ventana. La luna era… <<igual, exactamente igual…>>. Fue lo último que alcanzó a pensar.
5
Jeff la miraba levantarse, apoyado contra uno de los costados de la máquina.
-¿Listo?
-Eh… sí, muchas gracias.
Alma corrió a presionar el botón azul, ruborizada. Jeff pareció no mirarla.
-He pensado que estamos listos para avanzar a otra etapa del experimento.
Parecía pensativo, distraído, y Alma tuvo que preguntar de qué trataría la nueva etapa. Pero sólo obtuvo un simple “Mañana empezamos”, antes de cenar y dormir. Era fabuloso lo que podía durar una simulación, tanto dentro como “fuera”. En realidad, sólo había durado minutos su día…
6
No tenía sentido. ¿A pesar de todo, se había quedado la simulación? ¿Y por qué Jeff querría que regresara a ella? Que enfermo. Es decir, ella estaba segura de su afición por hacerla sufrir, fuera parte del experimento o no, pero esto era diferente. Se encontraba de nuevo donde ayer, en la misteriosa habitación, pero sin Daniel. Iba a lanzarse por la ventana cuando Jeff apareció.
-¿Otra vez estamos aquí?
-No es gracioso, dijiste que se borraría.
-Ah, querida… te mentí. Aunque no es novedad.
Se le acercó lentamente, diferente a como era en la realidad, más expresivo. Sus ojos mostraban… lascivia.
-¿A qué te refieres?
-No se borran. Es imposible porque las tengo yo-señaló a su frente-aquí.
Alma no comprendía. Se quedó con la boca abierta, sin moverse. Jeff continuó explicándose.
-Amorcito, hay una o dos cosas que no te he dicho. Esto es una no-simulación, ¿De acuerdo? Significa que te diré la verdad. Como una muñequita, dijiste que te sentías. Y sí. Sólo mía. Encerrada aquí, en este lugar que he creado. Durmiendo todos los días en la misma simulación, interrumpida solamente por otras.
-La… máquina…-dijo Alma asustada, pensando en destruirla apenas tuviera oportunidad-.
-Creo que no me entiendes, preciosa. La máquina no es más que un elemento de tu simulación favorita, la de “tu vida”. No eres muy lista, supongo…
-¿Mi vida?
-Eso mismo, ya no la tienes. Ese bonito coche rojo me hizo un gran favor al dejarte ahí desangrada. Te dejó libre para que pudieras… venir aquí. Oh, pero el no tener vida no implica no tener… alma, que es lo que eres, bonita.
Todo cobraba sentido. Todo lo que ella no había querido ver, lo que había ignorado porque la asustaba. Cada día se veía un paisaje diferente a través de la puerta. La ropa que “le traía” Jeff cambiaba cada día. Y ella… nunca estaba cansada, ni tenía realmente que comer o ir al baño. “Me siento genial”.
-Voy a escaparme. Si soy un fantasma, bueno, me iré. No debiste decírmelo.
Jeff le apretó los hombros y la acercó mucho a su cara.
-Eso es lo excitante, bonita. Tu sí que eres un fantasma, pero yo no. Yo no soy de los de tu especie, yo me dedico a vagar por la tierra buscándolos a ustedes. Algunos como yo se los comen… pero alguien como tú no iba a desperdiciarla alimentándome. Siempre hay gente muriendo en ese mundo suyo, de cualquier forma. Comida chatarra.
-¿Qué quieres de mí?
-Todo. Ver tus emociones, tus reacciones, tus experiencias. No voy a mentirte, es tremendamente aburrido ser lo que yo soy, frecuentemente me imagino que soy otra cosa, humano, la mayoría de las veces… y justo ahora, vamos a simular que soy un humano muy muy malo que va a lastimarte.
Alma no dijo nada, no tenía caso. Cuando el humano Jeff se quedó dormido, lo asfixió con una almohada, se quedó un rato disfrutando, y se tiró por la ventana.
7
-Una simulación muy interesante, ¿cierto? Obtendré mucha información de ella, es fantástico.
Alma se quedó tirada nuevamente. Lo miró, y se sintió horrorizada, pero al mismo tiempo tranquila, como sólo puede calmarnos el fingir que todo fue un sueño. Un poco -poquísimo- halagada también, de que su… “espíritu” hubiera atraído a lo que sea que fuera Jeff. Se paró en silencio. ¿Qué más podría decir? ¿Preguntar de nuevo lo que ya sabía? Ahora todo encajaba, incluso el haber llegado a esa habitación subterránea. Una simulación doble, para Daniel y para ella. Es más, ahora que se paraba a pensar, el tipo del coche rojo parecía como en trance, desorientado (obligado por Jeff, maldita sea, que obvio).
Y todo para llevarla ahí, para más allá de siempre y a merced completa de él. Él más profundo de sus temores, perder el control, sufrir para siempre, se aparecía ante ella como una posibilidad grande. Como su realidad. Así que reaccionó de la forma más natural y lógica.
8
-Si me vas a tener de tu jodida mascota, quiero algo mejor que esta mierda de comida.
