martes, 6 de enero de 2015

Suspenso, el último soundtrack (rayado) (l)

No es obligatorio leer esto con zapatos.
Estaba entre bruma. Una gruesa capa como de niebla, como de gas, que asfixiaba. No lo suficiente para quedarme sin oxígeno y desmayarme, pero sí para que me activara la claustrofobia. No podía ver nada. Y yo que creía que lo más aterrador era la oscuridad total. No. Esto es peor, es como la nada, como una oscuridad de otro color.

¿Así es como tú te sientes? ¿Envuelto en humo gris...en una inconsciencia plagada de alucinaciones? ¿Por fin podemos ser como iguales? ¿Me he… rebajado a…? No, es imposible que lo haya hecho, yo tengo personas a quiénes responder por mis actos… sea lo que sea esto, no es nada que haya aprendido de ti.

La única señal sensorial que le llega a mi cerebro viene de mis pies helados. Estoy descalza, sobre cemento. Es extraño, porque a pesar de lo mucho que detesto el calzado, nunca ando sin él.

De hecho, mis pies ya no conocen la luz del sol desde hace varios años; más de una vez me he metido a la bañera con calcetines, porque estoy segura de que, si paso algún tiempo sin algo en los pies, ya de ninguna forma podrían volver a forzarme a usar nada, ni siquiera sandalias.

A pesar de que me aterra caminar a ciegas, lo hago, porque es la única manera de obtener algo de información de dónde estoy, y porque me resulta una delicia este contacto directo de mi piel, sensible por tanto estar protegida, con el suelo.Sigo, sigo, sigo. Preguntándome, por primera vez, cómo rayos llegué aquí, qué es éste lugar… y riéndome de la enorme ironía: Siempre me ha gustado la naturaleza, pero, viviendo en una ciudad, no veía demasiada. Así que cuando íbamos al parque, me encantaba adentrarme lo más profundo que pudiera, para imaginar que era un bosque. Pero cuando pensaba que lo había logrado, del otro lado aparecía la valla que delimitaba el parque, con edificios, autos y personas con cara de aburrimiento crónico, y la magia se esfumaba. La sensación evolucionó mientras yo crecía, hasta transformarse en un deseo insatisfecho de misterio. Así estaba todo, cuando descubrí los libros de terror… que cumplían con todas mis expectativas. Hasta que el libro se cerraba. Entonces regresaba a mi ordinaria y nada emocionante vida, con ese deseo de misterio aún mayor. En una ocasión fuimos a un bosque. Si hubiera tenido cinco años, habría sido todo lo que yo deseaba; la vista no podía abarcar tanta naturaleza. Pero mi imaginación ya estaba en un segundo plano, sustituida por los millones de relatos que había leído. Así que, después del encanto inicial, me di cuenta de que no había nada fuera de lo común en las cortezas, ni en las hojas. De que no había criaturas, asesinos…ni siquiera misteriosas cabañas.
En resumen, lo único que le pedía a la vida era un poco de misterio; algo que se saliera de lo común y me dejara entrever lo que había detrás del mundo normal. Una y otra vez, me pasaba lo que en el parque; cuando creía que había encontrado algo misterioso, de pronto aparecía la normalidad, justo detrás.
Por eso tiene tanta gracia que ahora, en este lugar del que no sé nada, no esté disfrutando, sino que desee con todas mis fuerzas volver a lo normal.
Supongo, que pensándolo bien, no es tan raro. Ya con quince años para hacerme a la idea de que nunca encontraría nada misterioso, empezaba a resignarme. A conformarme con cambiar el misterio por algo de emoción. Creo que, de hecho, por eso lo acepté a él, porque era lo más cercano que pensaba que tendría a…
Choco contra algo. Al dolor que me causa el aplastamiento de todos mis dedos, se añade el que provoca el tenerlos congelados. Grito, y me siento a examinar los daños. Antes siquiera de tocarme el pie, miro al suelo, tan bien definido. No sé por qué no se me ocurrió caminar mirando hacia abajo, tan paralizada me tenía el miedo. Ahora que la idea aparece, la sigo, primero para mirar contra qué me estampé. El dolor de mis dedos, una vez que pienso en otra cosa, desaparece. No, en serio, no es una ilusión, sino que cuando vuelvo a pensar en eso, simplemente ya no me duele. Incluso flexiono los dedos para asegurarme. Nada.
Igual que mis frustrados intentos por ver, porque todo sigue blanco. El pavimento sigue ahí, grisáceo, pero se detiene en un punto, cubierto por la niebla. El límite es tan abrupto que parece como si fuera sólido. Tanteo hacia adelante, con miedo de entrar a esa zona, con aspecto de tener una bruma mucho más espesa, y ahogarme. Pero mis manos chocan contra algo duro y rugoso. Ah. Por fin, el misterio baja un poco. Parte de mi miedo (y de lo que siempre había deseado) era encontrarme con algo que no estuviera delimitado, que no acabara. Un parque que se extendiera hacia todos lados, sin salidas. Y llegué a creer que me había encontrado en un lugar así cuando me vi rodeada de la niebla, pero este muro me confirma que no. No podría sentir más alivio.

Tanteando la pared, me pongo de pie, pero de repente, a la altura de los hombros, desaparece. El miedo se apodera de mí, hasta que siento debajo de las palmas algo diferente: azulejo. Es una sensación familiar, y no sólo por el material, sino por cómo está; recuerdo vagamente un lugar parecido, una especie de plataforma blanca y alta, en algún lugar… Pero ni idea de en dónde estaba. En casa, no: lo recordaría de inmediato. En la de algún familiar…no lo sé, no estoy segura. Para pensar mejor, me trepo a la plataforma, y me siento en el borde, con las piernas colgando. Pero algo en mi equilibrio falla, y me caigo de nuevo al suelo, de pie. Reconociendo donde estoy.

Es un viernes, como a las once de la mañana, y estoy con mis amigas. En la escuela. Aquí mismo, todas sentadas en la gran plataforma blanca. Porque… porque iba a haber algún evento, no recuerdo bien. Entonces llega un amigo, no mío, sino de una de mis amigas, y empieza a tirarnos. Obviamente nos resistimos, así que cuando es el turno de la que está a mi lado, trato de sostenerla. Al caer, me lastima el dedo. Luego sigo yo, y aunque la plataforma no es alta, siento el impacto en mis talones, con ese dolor suave que a veces resulta incluso placentero. Como presionar un moretón no tan grande.
De manera extraña, el dedo empieza a dolerme de nuevo. Y los talones. Y entonces, bruscamente, la bruma se hace más clara, porque ya sé dónde estoy. En mi secundaria.

Podría ser una mañana cualquiera, normal, y puede que yo me haya quedado dormida o incluso soñando despierta con el misterio que tanto busco… Si es así, será mejor que regrese al salón, porque debo de estar perdiendo clase. Y eso no sería nada bueno para nadie, porque desdé que estuve con Andrés, la escuela ya no es la cosa fácil y satisfactoria de siempre. No es su culpa, claro. Tanto leer libros y más libros me habían hecho tener muy poca vida social. Como mi madre no me dejaba llevármelos a la escuela, no me quedaba otro remedio que poner atención a los maestros. Como hacer lo que me pedían era más fácil que otras cosas, como hablar con los demás, lo hacía. Como no me dejaban leer mis novelas de terror si no acababa la tarea, la hacía apenas llegar a casa. Entendía todo lo que trataban de enseñarme, pero era más como si le pusiera “play” a una grabadora en mi cabeza, y cuando había exámenes, la respuesta que plasmaba en la hoja era prácticamente igual al párrafo del libro en que venía. Por tanto, pocas veces en mi vida había obtenido algo que no fuera un diez, y en esas ocasiones, me sentía frustrada, porque resultaba que el responsable de dicha baja era algún hecho que me distraía; alguna vez en que me decidía a hablar con alguien, o un excepcional caso en el que hubiera ido a una fiesta.


Corro hacia mi salón, y me quedo en la puerta, sin saber si tocar o entrar. Al final, como todo está muy silencioso, toco una vez. No hay respuesta, así que asomo la cabeza, mientras me pongo a pensar en que, incluso aunque hubiera un maestro, no habría tanto silencio. Y, de hecho, no hay maestro. Ni alumnos, ni nada. Vacío. Frente al salón hay una pequeña franja de pasto, y, a pesar del desasosiego que siento por no saber dónde están todos, puede más la curiosidad, y entro al pedacito de jardín que veo todos los días desde la ventana, mientras transcurre la clase. El pasto es tan agradable que me quedo ahí un rato, pensando que el tiempo que usé calzado estuvo perdido.

Sólo en contadas ocasiones me quedo sin zapatos, a pesar de odiarlos. Mi aversión la tengo desde niña, desde que fui consciente de mí misma y de que todo el tiempo me la pasaba con calcetas. Tendría unos dos o tres años, cuando logré desatar los cordones de mis pequeños tenis rosas -después de bastantes intentos frustrados por la llegada de mi madre-, y quitarme las calcetas –también rosas-. Me encantaba sentir la alfombra de mi cuarto con los dedos, hacía cosquillas. Y desde entonces, siempre que trataban de ponerme zapatos otra vez, hacía un berrinche tan grande como podía. Muchas veces no servía de nada, pero en cuanto podía, me quitaba los zapatos. Hasta una tarde de finales de agosto, en la que yo tenía seis años y llovía tanto que las calles parecían ríos. Me encantaba, por supuesto. Me pasé casi todo el rato mirando por la ventana-obviamente no me dejaron salir-, imaginando que vería peces, o algún monstro marino. Me moría de ganas por salir, para averiguar si el agua era lo suficientemente profunda como para nadar. Fui a pedirle a mi madre otra vez que me dejara salir, pero estaba dormida. Mi papá estaba en su trabajo. Así que muy, muy despacito, abrí la puerta y salí. Ya desde antes de salir no traía los zapatos, así que pude sentir desde el principio el cemento húmedo y frío. A un lado de mi casa, había un pequeño parque (no el que fingía que era un bosque, sino uno tan pequeño que apenas tenía unos diez árboles), al que me dirigí. Fue una de las pocas veces en las que se cumplieron mis expectativas de algo misterioso. Una de las calles que rodeaba el parque estaba completamente inundada, y el parque mismo tenía muchos hoyos (para algunos árboles que iban a plantarse próximamente), que a mis ojos eran estanques esperando a que entrara en ellos. Me di vuelo: Corrí una y otra vez por la calle inundada, hice muchos pasteles de lodo, y junto a mis amigos imaginarios (tenía tres, que desafortunadamente desaparecieron como a los ocho años) tuve todo tipo de aventuras. En cierto momento, la lluvia arreció, a tal punto que no podía ver ni la calle. Fue cuando recordé los estanques, y me metí a uno de ellos, fingiendo ser una sirena. Estuve ahí, chapoteando, feliz de la vida, hasta que empezó a oscurecer. Justo cuando pensaba en salir porque ya estaba demasiado fría el agua, sentí el jalón hacia arriba, acompañado de muchos sollozos de mi madre. Se había despertado apenas una media hora después de que yo hubiera salido; todo ese tiempo se la pasó buscándome, aterrada. Sólo habrán sido unas tres horas, pero ella había sentido que fueron días. Cuando dejó de regañarme, se puso como loca a buscar entre la tierra. Yo estaba muy asustada por tanto grito y llorido como para preguntarle qué hacía, hasta que me gritó: -¿Y tus zapatos?


Supe que me había metido en un problema cuando vio mi cara, y se dio cuenta de que había salido sin ellos.


-Nunca, nunca más, quiero que vuelvas a salir sin zapatos, ¿Me oyes?
Luego de decir eso, pareció darse cuenta de que seguíamos afuera, seguía lloviendo, y yo había comenzado a temblar, así que ya más preocupada que enojada, me llevo a la casa de la mano. Pero a medio camino, tuve la mala suerte de pisar un enorme pedazo de botella rota, que se me clavó en la parte más sensible de la planta. Mi grito de dolor hizo que mi madre me cargara de inmediato, y que, llegando a casa, mientras me secaba, me regañara cada vez más por no haberme puesto los zapatos que por haber salido sin permiso a mojarme. Se me quedó tan grabado, que después me resultaba casi traumatizante quitármelos.

Sigo en el pasto, hasta que me doy cuenta de que la niebla se ha ido por completo, y por primera vez me veo. Traigo puesta una túnica blanca, brillante, sintética. Mis pies, rojos por el frío. Tengo las uñas de las manos pintadas de blanco perla, el cabello suelto y…una especie de diadema, un círculo perfecto, brillante, porque está cubierto de escarcha dorada. Todo me remite inmediatamente a un disfraz de ángel. Pero, ¿por qué lo llevaría? Estoy en la es-cue-la, no jugando a los disfraces. En primero hicimos una pastorela, pero, en todo caso, yo iba disfrazada de diablo. Me pongo a caminar, esperando a encontrarme con una persona, y, si no la encuentro, irme a mi casa. Lo hago, a pesar de que tengo la sensación de que estoy en un lugar muy, muy lejos de casa.

Seis años después, casi tres años antes de estar aquí, en esta misteriosa y tétrica versión de la escuela, volvía a llover horrible, y yo regresaba de la secundaria. Estaba finalizando el segundo bimestre, y yo iba distraída pensando en lo bien que les caería a mis padres la noticia de que estaba segura de que todas mis notas serían dieces. Últimamente la familia había tenido problemas, y nunca estaban de más las buenas noticias, por pequeñas que fueran. Mis pensamientos me tenían totalmente absorta, por lo que no me di cuenta de que iba a media calle hasta que me tropecé y vi hacia el frente. No me pasó nada grave, yo siempre me caía, pero lo siguiente que noté fue que un coche se acercaba a toda prisa. Y yo estaba tirada, no en medio, pero sí en la ruta del auto. Y era un día oscuro, y la lluvia no dejaba ver. Incluso la tienda que estaba a mis espaldas estaba cerrada, nadie podría ayudarme. Lo único que pude hacer fue pedir en silencio que no me matara, que no fuera demasiado doloroso.


El coche pasó, y se fue. Iba muy rápido para la zona urbana en la que estábamos, así que todo sucedió en unos quince segundos, desde que me caí hasta que una de las llantas del auto me pasó por encina del tobillo.


Estaba tan sorprendida por lo increíble de lo sucedido, que estuve un tiempo –que no sé cuánto fue-si moverme, ni hacer nada. Me di cuenta entonces del parecido de ese día con el otro, en el que mi madre me encontró medio aterida de frío, metida hasta el pecho en un “estanque”. Después del aturdimiento, me invadió la misma sensación de miedo que aquella vez, cuando vi a mi madre asustada y llorando.


Por suerte, no estaba nada lejos de mi casa. De hecho, la tienda estaba en una de las esquinas del parque en el que jugaba esa vez, lo que pudo haber explicado la sensación. Comencé a arrastrarme hacia la banqueta, pero cuando llegue a ella, ya sin el adormecimiento que causaba el agua fría, sentí el horrible dolor de mi pie. Venía de la escuela, con el uniforme de gala, por lo que traía unas calcetas blancas y largas que me llegaban hasta la rodilla. Las bajé de un tirón, dejando mi pie al descubierto. Lo miré, y casi me desmayo; estaba en una posición antinatural, torcida; y tenía una enorme herida abierta. El agua había lavado la mayor parte de la sangre, por lo que podía ver claramente la herida abierta, y me calmó que no fuera demasiado profunda. Me recosté en la pared de la tienda, a la que había llegado con más esfuerzo del que pensaba, y cerré los ojos. El dolor me sacaba gruesas lágrimas y gemidos (nunca he soportado bien ni el más pequeño dolor), pero estaba agradecida de que por lo menos no me hubiera desmayado.


-Oye, ¿estás bien?¿Qué te pasó?


Oí la voz, pero yo ya estaba demasiado perdida y cansada como para responder. Ni siquiera sentí el miedo que siempre me invadía cuando un desconocido en la calle te habla. Sólo sentía dolor y cansancio. Pero entonces, el desconocido-un chico como de mi edad- se acercó a mi cara y dijo mi nombre. Eso me hizo reaccionar un poco.


-Creo que me rompí el tobillo-dije entre gemidos-un…un auto le pasó encima.


El decirlo hacía que fuera peor, y la histeria me invadió y me hizo llorar.


-Tranquila, tranquila, parece que estás bien. Déjame ver.


Se acercó a mi pie con cuidado, y no dijo nada. Creo que se quedó sorprendido al ver la gravedad de la herida, porque lo único que dijo fue:


-Te llevaré a tu casa, no te preocupes.


Entonces empezó a levantarme, pero, de pronto, se le ocurrió algo, y añadió:


-Pero primero, creo que debería quitarte el zapato…está muy lleno de lodo, y te… podrías…te podrías infectar.


Se puso a quitarme mi zapato, y luego la calceta. En la cicatriz de la herida que había dejado el trozo de botella, sentí unas gotitas de lluvia; entonces el déjà vu me asaltó otra vez; ya no importaba nada más que el miedo a desobedecer los gritos de mi madre: “¡No debes salir sin zapatos!”


Me di cuenta de lo que pasaba, de que un desconocido en una calle lluviosa me había quitado uno de mis zapatos, y de que mi mamá se enojaría muchísimo. Un miedo casi animal, el miedo que sentiría una presa a punto de ser atrapada, me invadió de pronto, como no lo había hecho desde aquella ocasión. Me levanté como pude, y la adrenalina me hizo correr, correr como una loca… hasta que llegué a mi casa. En realidad, no habían pasado más que veinte minutos, y como habíamos salido temprano de clases, mi retraso no lo notaría mi madre, pero así como estaba, mojada y con lodo, con un pie sangrando y sin un zapato, la cara de mi madre superaba el espanto.


-¿Qué te pasó?-Me gritó, y entonces me desmayé. Después de explicarle toda la historia, sin omitir detalle –en ese tiempo no tenía ningún motivo para ocultar nada-se tranquilizó, pues al verme se había imaginado lo peor. Nunca he podido mentir, por lo que ella quedó convencida. Tuve que llevar mi pie vendado por algún tiempo, pero no pasó nada peor que eso y que perdí mi zapato. Aunque no lo sabía, algo importante había pasado, y ese accidente había hecho que Andrés entrara a mi vida.

Suspenso, el último soundtrack (rayado) (ll)

Antes de salir corriendo de la escuela, fui a la parte de atrás, donde estaban las canchas, y el lugar donde normalmente me sentaba para comer y pensar en Andrés. Ahí me volví a sentar, pero seguía sin haber ninguna pista de nada. Traté de recordar la última cosa que pasó antes de que estuviera aquí, pero el recuerdo no tenía sentido; gritos, mis compañeros vestidos de blanco, como yo…de ángeles. Muy irónico también.

Sentarme aquí me hizo volver a mi costumbre, de pensar en él.

Ya no llevaba las vendas, aunque aún me dolía un poco el pie. Estaba afuera de mi escuela, esperando a que pasaran por mí. Pensaba en cómo se vería afectado mi equilibrio para siempre, porque el doctor dijo que, cuando una persona se fractura, ya no queda igual, aunque se cure. Que el daño es permanente, y que es probable que cuando haga frío, me vuelva a doler el pie. Bueno, tal vez eso no lo dijo, pero me lo imagino; que un día decidiré entrar a ballet, y cuando esté girando en la punta de mis pies, el tobillo se me romperá y se verá el hueso. La cara de asombro de todos…

-Hola-me saludó una voz desconocida, a mis espaldas.-Creí que querrías tu zapato de vuelta.

Me sorprendió mucho la frase, porque, en la escuela, a las pocas personas con las que hablaba, nunca les conté el incidente con el chico, sólo que me accidenté. Y eso suponiendo que me estuvieran haciendo una broma sobre lo que paso. Porque lo último que pasaba por mi mente era que, de algún modo, ese mismo chico fuera el que hablaba conmigo, que supiera a qué escuela iba, y que trajera mi zapato en la mano. Todo era irreal, y después de asimilarlo, me llegó el miedo…no, la desconfianza que me habían inculcado por los desconocidos en la calle. Así que me hice la distraída y no volteé. Pero él se puso frente a mí.

-Oye, sé que debía dártelo antes, pero...nunca sales, y no es fácil encontrarte. Tardé mucho en averiguar en qué escuela estabas.-sonreía, y, muy a mi pesar, descubrí que era lindo. No guapo, pero, ya viéndolo bien, más joven que yo, con rasgos más de niño que de adolescente, y, de alguna forma, la ingenuidad se veía en su cara. No podía seguir temiéndole-Entonces, ¿cómo sigues? Ah, por cierto, me llamo Andrés. Vivo cerca de tu casa, frente al parque.

-Bien, gracias. Y gracias por ayudarme esa vez. Lamento haber corrido, pero estaba asustada. Y lamento que hayas tenido que venir hasta aquí porque…tiré el otro zapato ¿sabes?

Le sonreí, y el parecía como embobado. Desde ese día, siempre que me encontraba camino a casa, trataba de llamar mi atención para hablarme. Pronto, estuve segura de que estaba loco por mí, y aunque los temas de los que hablábamos siempre eran algo tontos, me gustaba estar con él, sólo para sentir ese…no sé qué cuando me veía. No me gustaba…al menos no de la manera romántica. Lo que sí me gustaba era
gustarle, algo muy egoísta, pero a él no parecía importarle.
Sigo divagando, pescando de vez en cuando alguna imagen de lo que había pasado. Recordé otra ocasión en la que me había disfrazado, a ver si eso me llevaba a la verdad. Era Halloween. La maestra de inglés había insistido en que fuéramos con algo terrorífico, insinuando que contaría para la calificación. Yo llevé…un vestido pequeño, y los brazos cubiertos de sangre y heridas, algunas inquietantemente reales. Claro, todos los que las vieron quedaron muy asombrados. Pero…yo ya no tenía ganas de asombrar a nadie. Mi niño pequeño, el que se había puesto tan nervioso cuando me pidió ser su novia que no pude hacer otra cosa que aceptar, el que siempre me dedicaba canciones y las cantaba bajito antes de besarme…el que yo había terminado por querer sin darme cuenta, ya no era mío. Era de otra cosa, diferente y horrible, que se llamaba droga. Trató de negármelo, de esconderlo, y más de una vez le creí. Tuve que ver cómo se me escapaba de las manos, cómo su rostro dejaba de ser tierno y se volvía ausente y adormilado. Me enfurecí, porque yo había dejado todo de lado: la escuela, mi familia, incluso leer, lo que tanto me gustaba hacer…todo dejaba de importar si podía ver a mi niño aunque fuera unas horas, y él no quería aceptar lo que estaba haciendo. Así que pasó lo inevitable: yo dejé de importarle y yo lo mandé al demonio. Que era a donde llegaría, si seguía metiéndose tanta porquería. Se lo dije, pero cuando habló conmigo, estaba tan drogado que apenas podía pronunciar palabra. Lo último que le oí pronunciar fue:

-No…no te vayas.

El tono era tan desganado, que sonaba como si quisiera lo contrario.
Ya no aguanto seguir ahí, y el frío por fin me causa dolor. Un dolor diferente me cruza el torso, cuando a la colección de imágenes fragmentadas que tengo en el cerebro, se añade una de Andrés, con los ojos fijos en mí, y una expresión de odio.

Me levanto, y veo mi vestido-túnica, como si fuera por primera vez. Porque tiene unas enormes manchas de sangre.

Cuando dejé a Andrés, muchas cosas empezaron a enderezarse en mi vida de nuevo. No había notado lo mucho que me gustaba ser la que yo era, tener una vida tan fácil y tranquila. Pero no fue fácil. La escuela ya no era la cosa sencilla de siempre, y, aunque me esforzaba, la época en la que solo llevaba dieces a casa se había acabado. La relación con mis padres apenas se estaba volviendo a construir, pues yo la había llenado de desconfianza y decepción con mis mentiras. Mentiras que decía para ver a Andrés, esa es la pura verdad. Pero la cosa iba mejorando. En muchos sentidos; de hecho, empecé a tener amigos. No todos eran verdaderos amigos, pero al menos, unos cuantos sí que eran maravillosos.

Regreso a la plaza cívica, que ahora está muy clara. De repente, se ha llenado. Pero todas las personas que están en ella parecen estar jugando, o haciendo alguna dinámica; están tumbados en el suelo, volviéndolo blanco con sus vestidos. Algunos destellos dorados se dejan ver, las plumas aún vuelan, desprendidas para siempre de las alas falsas. Sólo hay un par sin dueño, y sé que son mías. Bueno, no; me las han prestado. Pero son las que yo llevaba el día…¡Ah! No puedo recordar nada más, porque una imagen bloquea mi mente. Del mosaico banco que es la plaza cívica de la escuela, empiezan a surgir puntos rojos, que crecen sin parar.

Era imposible no verlo, no cuando vivía tan cerca de mi casa. Pero yo trataba de nunca mirar en esa dirección, y, al parecer, él también. Así transcurría mi vida, sin demasiadas emociones, porque, la última que había sentido-aquella que no estaba muy segura que fuera amor-había terminado de una manera tan horrible que más valía no repetirla. A veces, sin darme cuenta, pensaba en él, pero era cada vez menos frecuente. Hasta que lo vi con ella. No sé su nombre, sólo que…encaja perfecto con él. Tienen incluso la mirada parecida, perdida. Y es entonces cuando el horrible impulso de ser como ella, de estar en su lugar, aparece. Sé que es ilógico y una tontería. Pero se escapa de mi control, y lo único que puedo hacer es no pensar en ello. Hasta que un día, sin saber muy bien cómo, estoy frente a él, humillándome y pidiéndole que vuelva conmigo. La cosa no hubiera podido ser más predecible: ahora es él el que me manda al demonio, y yo me voy, sin ni pizca de dignidad. Pero me recupero más rápido de lo que yo misma pensaba, y preparo mi disfraz blanco para la nueva idea de la maestra de inglés: que cantemos unos villancicos, disfrazados de ángeles. Una de mis tías me presta las alas, que son un poco pequeñas, pero me gustan. Ya ni siquiera pienso en… ¿Qué? En nada.

Recojo mis alas, que no tienen ni una mancha, y me las pongo, porque no quiero que se maltraten, ni siquiera son mías. Paso por entre los muertos-ahora sé que lo están-mientras los reconozco. Wendy, Mary, Jacqueline… y un poco más lejos, está Emanuel. Oh, no. El también.

Cuando comencé a socializar, y descubrí que muchas personas podían ser muy agradables, conocí a Emanuel. Era un niño muy lindo, bastante atento y divertido, con el que me gustaba estar. Muchos nos hacían burla, pero yo jamás les presté atención. Simplemente no se me ocurría que yo le gustara. Y, bueno, ni siquiera quería saber si él me gustaba. No…quería nada de eso. Me vio con mi disfraz blanco, y me dijo que estaba muy bonita. Me puse roja, pero no le di mucha importancia. Habíamos ido a mi casa a estudiar, junto con otras tres amigas, y en el último momento les mostré el disfraz. Cuando terminamos, le pedí permiso a mi madre de salir un rato al parque, a jugar como si fuéramos niños. Después de un tiempo, las tres (Wendy, Mary y Jacqueline) dijeron que tenían que irse, y Emanuel y yo las acompañamos a la parada del camión. No era la primera vez que nos quedábamos solos, por lo que no me sentía incómoda. Estuvimos jugando en el parque un rato más, y le conté mi…aventura de cuando tenía seis años. Nos reíamos mucho, mientras él me decía que le hubiera gustado estar conmigo, brincando de charco en charco. De pronto, se puso serio, y me dijo:


-Ya me tengo que ir, van a dar las siete y me dieron permiso hasta las siete y media.


Emanuel no vivía cerca, pero se iba caminando, por lo que supe que tenía razón. Aun así, en plan de broma, le dije:


-Oh… ¿y si te quedas un rato más? Siempre puedes regresar corriendo a tu casa, además, no te haría mal un poco de ejercicio.


Me reí, al tiempo que le picaba el estómago. No lo decía en serio, pero él siempre comentaba que estaba “rellenito”. A mí no me lo parecía, pero me la estaba pasando tan bien, que no quería que acabara. Me recordaba demasiado a todas las tardes desperdiciadas allí, con Andrés.


-Mira quién habla-me contestó, al tiempo que se iniciaba una guerra de piquetes. Al final, volvió a decir que se iba, pero que antes tenía que decirme algo importante. Eso me dejó sorprendida, ya que nunca nos poníamos tan serios. Y me sorprendí más cuando dijo que yo le gustaba…que me quería, y que, a pesar de haberse dado cuenta de que yo no quería un noviazgo por ahora, esperaría hasta que estuviera lista. Ni si quiera me había movido, sorprendida como estaba, viéndolo a los ojos. Cuando al fin iba a apartar la mirada, se acercó y me besó en los labios. Fue un beso…no exactamente rápido, porque duró unos diez segundos, pero sí fugaz, porque antes de que me diera cuenta, él ya se había ido.


Me quedé un rato sentada en una banca, asimilándolo todo. Aún tenía un ratito para quedarme, ya que le dije a mi mamá que volvería a las ocho a la casa. Me di cuenta de que las chicas ya debían saberlo, y por eso se fueron tan rápido. Y puede que, por eso, estuvieran tan ansiosas porque lo agregara a nuestro equipo. Y…

Sentí una mirada clavada en mí.

Volteé lentamente, creyendo que era Emanuel, porque aún no sabía que contestar. El rubor llenaba mis mejillas, y no pude evitar una sonrisa. Pero el que miraba era Andrés. Es decir, todo el rato fui consciente de que estábamos a la vista desde su casa y una parte de mí, algo vengativa, deseaba que me viera feliz, jugando con más gente y sin sufrir por él. Pero, cuando las niñas se fueron, me olvidé por completo de eso. Así que ahora estaba casi asustada, porque Andrés no estaba viéndome desde su casa, sino a unos cinco metros, de pie, sin hacer nada. Y su mirada tenía una ira tan homicida, que sentí el mismo miedo animal que cuando lo conocí, y salí corriendo hacia mi casa, de nuevo. No le dije nada a mi mamá, que tampoco se dio cuenta de que había corrido, porque tuve la buena idea de respirar profundo unas cuantas veces antes de entrar.
Esa noche soñé que Andrés me mataba.

Me acerco a la cara sin vida de Emanuel, quien, de pronto, abre los ojos. Están llenos de miedo, Y comienza a gritar. No entiendo ni una palabra de lo que dice, pero me asusta mucho. Me alejo corriendo, porque no soporto esa mirada de terror.

Todo se comienza a acelerar. Los cadáveres empiezan a levantarse, no como si fueran zombies, sino como si alguien estuviera regresando una cinta de video. La sangre regresa a sus cuerpos. Gritan y gritan y luego se calman, y empiezan a reír. Caigo en la cuenta de que no entendía nada de lo que Emanuel decía porque estaba hablando al revés. Una fuerza descomunal me empuja a una formación, en la que estoy rodeada por mis amigas, que cantan una canción navideña, que además pide un alto a la guerra. Suenan los primeros balazos, y una escena que ya he visto mil veces se repite: todos gritando, gente cayendo y huyendo, y Andrés. Está en el segundo piso del edificio que da a la plaza, el cual está vacío excepto por él. Porque todo el personal está de vacaciones…somos el último grupo que calificará la maestra y el último que está en la escuela. Toda la semana pasada, estuvimos viendo los demás villancicos, sentadas en la plataforma blanca.
Andrés dispara a la multitud. Todo es tan horrible que no quiero ver, pero una fascinación morbosa me impide cerrar los ojos. Porque la ironía más grande, es que el que está ahí arriba, matando ángeles a diestra y siniestra,se llama Ángel Andrés, y su primer nombre no le gusta. Como tantas otras cosas. Lo estoy mirando a la cara, y en ese momento es cuando me siento jalada hacia las sombras, justo debajo del balcón del segundo piso, desde el que Andrés nos dispara.
-¿Estás bien?-Me grita Emanuel, pero él es el que está mal ahora, porque le acaban de meter un balazo en la pantorrilla. Cae, retorciéndose de dolor, pero aún con posibilidades de salvarse, así que me volteo, de cara a Andrés, y protejo a Emanuel con mi cuerpo.


-¡Ya no dispares! Si quieres matar a alguien, es a mí.


-Quítate. Yo al que quiero matar es a ese idiota.


-Pues entonces vas a tener que matarme a mí primero.


-¡Ah, lo defiendes!-se le quebró la voz-Pues voy a matar a tu amorcito…¡ya no podrá besuquearte enfrente de mí!


Ahora le corrían las lágrimas por la cara, pero yo sabía que si sus ojos estaban tan enrojecidos, no era por eso.


-¡Él por lo menos no anda metiéndose porquerías al cuerpo!-respondo, y sacando todo el odio de mi interior, sigo, perfectamente calmada-Es por eso que sabe perfectamente lo que está haciendo, no está idiotizado…tal vez por eso besa mucho mejor que tú.


Eso puede con él. Baja los brazos, aunque sin soltar la pistola, y se echa a llorar.


-Yo no quería…¡No quería! Y me dejaste….¿Por qué me dejaste? ¿No sabes que te amo? Te necesito…y tú…me cambiaste.


¿Pero qué había hecho?¿Por qué había sido tan cruel? Yo también empecé a llorar, tanto que ya casi no veía. Me acerqué, y lo abracé del cuello, como siempre hacía antes.


-No es cierto, nunca te cambiaria…soy una mentirosa, perdón. Estaba enojada. Ya no llores, ya pasó. Estoy contigo ¿Me oyes? No te voy a dejar-Le decía una y otra vez, para calmarlo, porque no soportaba verlo llorar. Luego me embargó la necesidad de besarlo, y él pensó lo mismo que yo, porque, aún sin soltar el arma, me abrazó, pegándome a su cuerpo, haciéndome daño en la espalda por lo fuerte que me apretaba, volviendo el beso algo intenso y apasionado, lo que tanto había extrañado, y algo más.


-¿Te quedarás aquí conmigo, para siempre?-Me preguntó


Iba a contestar que sí, pero entonces volví a ser consciente de mi alrededor, del mounstro al que abrazaba, e intenté apartarme, horrorizada. Pero él no me dejó, no lo hizo.


-Entonces sólo hay un modo de hacer que te quedes conmigo.
Me pegó aún más a su cuerpo, y entonces sentí en la espalda el frío acero de la pistola, después, sus labios, que sólo hicieron crecer mi miedo.En ese momento, recordé todo perfectamente, que esta misma escena ya la había vivido al menos cien veces, y que incluso me había llegado a aburrir. Ya no corría por la escuela, buscando una salida que no había; ya no gritaba como loca al ver a los muertos. Ya no sentía que la cordura se me iba cuando Emanuel hablaba al revés. Y me pregunté si, algún día, esto se terminaría. Si alguna vez se me ocurriría decirle que sí, que me quedaría con él, o si yo estaba condenada para siempre a esto. Y caí en la cuenta. De que el daño era permanente, y nunca se curaría del todo. De que, igual que la herida de mi tobillo, tenía en el corazón la de Andrés. Y justo por eso, tendría que revivir el daño para siempre. Al menos hay una cosa dulce que se repetirá una y otra vez: ese beso. Y por fin, mi vida tiene todo el misterio que pudiese desear, para siempre jamás, en este limbo helado, en este Purgatorio donde mi vida es un enorme disco rayado, y atorado en la última canción, lo que es la cosa más misteriosa que me puedo imaginar…Justo después de eso, siento la bala atravesarme.




Me despierto entre la bruma, tan densa que no me veo ni a mí misma. No sé ni cómo llegué aquí, ni dónde estoy, ni que voy a tener que repetir esto hasta la eternidad. Lo único que sé es que estoy descalza, y que es una sensación inmensamente agradable.