No es obligatorio leer esto con zapatos.
Estaba entre bruma. Una gruesa capa como de niebla, como de gas, que asfixiaba. No lo suficiente para quedarme sin oxígeno y desmayarme, pero sí para que me activara la claustrofobia. No podía ver nada. Y yo que creía que lo más aterrador era la oscuridad total. No. Esto es peor, es como la nada, como una oscuridad de otro color.
¿Así es como tú te sientes? ¿Envuelto en humo gris...en una inconsciencia plagada de alucinaciones? ¿Por fin podemos ser como iguales? ¿Me he… rebajado a…? No, es imposible que lo haya hecho, yo tengo personas a quiénes responder por mis actos… sea lo que sea esto, no es nada que haya aprendido de ti.
La única señal sensorial que le llega a mi cerebro viene de mis pies helados. Estoy descalza, sobre cemento. Es extraño, porque a pesar de lo mucho que detesto el calzado, nunca ando sin él.
De hecho, mis pies ya no conocen la luz del sol desde hace varios años; más de una vez me he metido a la bañera con calcetines, porque estoy segura de que, si paso algún tiempo sin algo en los pies, ya de ninguna forma podrían volver a forzarme a usar nada, ni siquiera sandalias.
A pesar de que me aterra caminar a ciegas, lo hago, porque es la única manera de obtener algo de información de dónde estoy, y porque me resulta una delicia este contacto directo de mi piel, sensible por tanto estar protegida, con el suelo.Sigo, sigo, sigo. Preguntándome, por primera vez, cómo rayos llegué aquí, qué es éste lugar… y riéndome de la enorme ironía: Siempre me ha gustado la naturaleza, pero, viviendo en una ciudad, no veía demasiada. Así que cuando íbamos al parque, me encantaba adentrarme lo más profundo que pudiera, para imaginar que era un bosque. Pero cuando pensaba que lo había logrado, del otro lado aparecía la valla que delimitaba el parque, con edificios, autos y personas con cara de aburrimiento crónico, y la magia se esfumaba. La sensación evolucionó mientras yo crecía, hasta transformarse en un deseo insatisfecho de misterio. Así estaba todo, cuando descubrí los libros de terror… que cumplían con todas mis expectativas. Hasta que el libro se cerraba. Entonces regresaba a mi ordinaria y nada emocionante vida, con ese deseo de misterio aún mayor. En una ocasión fuimos a un bosque. Si hubiera tenido cinco años, habría sido todo lo que yo deseaba; la vista no podía abarcar tanta naturaleza. Pero mi imaginación ya estaba en un segundo plano, sustituida por los millones de relatos que había leído. Así que, después del encanto inicial, me di cuenta de que no había nada fuera de lo común en las cortezas, ni en las hojas. De que no había criaturas, asesinos…ni siquiera misteriosas cabañas.
De hecho, mis pies ya no conocen la luz del sol desde hace varios años; más de una vez me he metido a la bañera con calcetines, porque estoy segura de que, si paso algún tiempo sin algo en los pies, ya de ninguna forma podrían volver a forzarme a usar nada, ni siquiera sandalias.
A pesar de que me aterra caminar a ciegas, lo hago, porque es la única manera de obtener algo de información de dónde estoy, y porque me resulta una delicia este contacto directo de mi piel, sensible por tanto estar protegida, con el suelo.Sigo, sigo, sigo. Preguntándome, por primera vez, cómo rayos llegué aquí, qué es éste lugar… y riéndome de la enorme ironía: Siempre me ha gustado la naturaleza, pero, viviendo en una ciudad, no veía demasiada. Así que cuando íbamos al parque, me encantaba adentrarme lo más profundo que pudiera, para imaginar que era un bosque. Pero cuando pensaba que lo había logrado, del otro lado aparecía la valla que delimitaba el parque, con edificios, autos y personas con cara de aburrimiento crónico, y la magia se esfumaba. La sensación evolucionó mientras yo crecía, hasta transformarse en un deseo insatisfecho de misterio. Así estaba todo, cuando descubrí los libros de terror… que cumplían con todas mis expectativas. Hasta que el libro se cerraba. Entonces regresaba a mi ordinaria y nada emocionante vida, con ese deseo de misterio aún mayor. En una ocasión fuimos a un bosque. Si hubiera tenido cinco años, habría sido todo lo que yo deseaba; la vista no podía abarcar tanta naturaleza. Pero mi imaginación ya estaba en un segundo plano, sustituida por los millones de relatos que había leído. Así que, después del encanto inicial, me di cuenta de que no había nada fuera de lo común en las cortezas, ni en las hojas. De que no había criaturas, asesinos…ni siquiera misteriosas cabañas.
En resumen, lo único que le pedía a la vida era un poco de misterio; algo que se saliera de lo común y me dejara entrever lo que había detrás del mundo normal. Una y otra vez, me pasaba lo que en el parque; cuando creía que había encontrado algo misterioso, de pronto aparecía la normalidad, justo detrás.
Por eso tiene tanta gracia que ahora, en este lugar del que no sé nada, no esté disfrutando, sino que desee con todas mis fuerzas volver a lo normal.
Supongo, que pensándolo bien, no es tan raro. Ya con quince años para hacerme a la idea de que nunca encontraría nada misterioso, empezaba a resignarme. A conformarme con cambiar el misterio por algo de emoción. Creo que, de hecho, por eso lo acepté a él, porque era lo más cercano que pensaba que tendría a…
Choco contra algo. Al dolor que me causa el aplastamiento de todos mis dedos, se añade el que provoca el tenerlos congelados. Grito, y me siento a examinar los daños. Antes siquiera de tocarme el pie, miro al suelo, tan bien definido. No sé por qué no se me ocurrió caminar mirando hacia abajo, tan paralizada me tenía el miedo. Ahora que la idea aparece, la sigo, primero para mirar contra qué me estampé. El dolor de mis dedos, una vez que pienso en otra cosa, desaparece. No, en serio, no es una ilusión, sino que cuando vuelvo a pensar en eso, simplemente ya no me duele. Incluso flexiono los dedos para asegurarme. Nada.
Igual que mis frustrados intentos por ver, porque todo sigue blanco. El pavimento sigue ahí, grisáceo, pero se detiene en un punto, cubierto por la niebla. El límite es tan abrupto que parece como si fuera sólido. Tanteo hacia adelante, con miedo de entrar a esa zona, con aspecto de tener una bruma mucho más espesa, y ahogarme. Pero mis manos chocan contra algo duro y rugoso. Ah. Por fin, el misterio baja un poco. Parte de mi miedo (y de lo que siempre había deseado) era encontrarme con algo que no estuviera delimitado, que no acabara. Un parque que se extendiera hacia todos lados, sin salidas. Y llegué a creer que me había encontrado en un lugar así cuando me vi rodeada de la niebla, pero este muro me confirma que no. No podría sentir más alivio.
Tanteando la pared, me pongo de pie, pero de repente, a la altura de los hombros, desaparece. El miedo se apodera de mí, hasta que siento debajo de las palmas algo diferente: azulejo. Es una sensación familiar, y no sólo por el material, sino por cómo está; recuerdo vagamente un lugar parecido, una especie de plataforma blanca y alta, en algún lugar… Pero ni idea de en dónde estaba. En casa, no: lo recordaría de inmediato. En la de algún familiar…no lo sé, no estoy segura. Para pensar mejor, me trepo a la plataforma, y me siento en el borde, con las piernas colgando. Pero algo en mi equilibrio falla, y me caigo de nuevo al suelo, de pie. Reconociendo donde estoy.
Es un viernes, como a las once de la mañana, y estoy con mis amigas. En la escuela. Aquí mismo, todas sentadas en la gran plataforma blanca. Porque… porque iba a haber algún evento, no recuerdo bien. Entonces llega un amigo, no mío, sino de una de mis amigas, y empieza a tirarnos. Obviamente nos resistimos, así que cuando es el turno de la que está a mi lado, trato de sostenerla. Al caer, me lastima el dedo. Luego sigo yo, y aunque la plataforma no es alta, siento el impacto en mis talones, con ese dolor suave que a veces resulta incluso placentero. Como presionar un moretón no tan grande.
De manera extraña, el dedo empieza a dolerme de nuevo. Y los talones. Y entonces, bruscamente, la bruma se hace más clara, porque ya sé dónde estoy. En mi secundaria.
Podría ser una mañana cualquiera, normal, y puede que yo me haya quedado dormida o incluso soñando despierta con el misterio que tanto busco… Si es así, será mejor que regrese al salón, porque debo de estar perdiendo clase. Y eso no sería nada bueno para nadie, porque desdé que estuve con Andrés, la escuela ya no es la cosa fácil y satisfactoria de siempre. No es su culpa, claro. Tanto leer libros y más libros me habían hecho tener muy poca vida social. Como mi madre no me dejaba llevármelos a la escuela, no me quedaba otro remedio que poner atención a los maestros. Como hacer lo que me pedían era más fácil que otras cosas, como hablar con los demás, lo hacía. Como no me dejaban leer mis novelas de terror si no acababa la tarea, la hacía apenas llegar a casa. Entendía todo lo que trataban de enseñarme, pero era más como si le pusiera “play” a una grabadora en mi cabeza, y cuando había exámenes, la respuesta que plasmaba en la hoja era prácticamente igual al párrafo del libro en que venía. Por tanto, pocas veces en mi vida había obtenido algo que no fuera un diez, y en esas ocasiones, me sentía frustrada, porque resultaba que el responsable de dicha baja era algún hecho que me distraía; alguna vez en que me decidía a hablar con alguien, o un excepcional caso en el que hubiera ido a una fiesta.
Corro hacia mi salón, y me quedo en la puerta, sin saber si tocar o entrar. Al final, como todo está muy silencioso, toco una vez. No hay respuesta, así que asomo la cabeza, mientras me pongo a pensar en que, incluso aunque hubiera un maestro, no habría tanto silencio. Y, de hecho, no hay maestro. Ni alumnos, ni nada. Vacío. Frente al salón hay una pequeña franja de pasto, y, a pesar del desasosiego que siento por no saber dónde están todos, puede más la curiosidad, y entro al pedacito de jardín que veo todos los días desde la ventana, mientras transcurre la clase. El pasto es tan agradable que me quedo ahí un rato, pensando que el tiempo que usé calzado estuvo perdido.
Sólo en contadas ocasiones me quedo sin zapatos, a pesar de odiarlos. Mi aversión la tengo desde niña, desde que fui consciente de mí misma y de que todo el tiempo me la pasaba con calcetas. Tendría unos dos o tres años, cuando logré desatar los cordones de mis pequeños tenis rosas -después de bastantes intentos frustrados por la llegada de mi madre-, y quitarme las calcetas –también rosas-. Me encantaba sentir la alfombra de mi cuarto con los dedos, hacía cosquillas. Y desde entonces, siempre que trataban de ponerme zapatos otra vez, hacía un berrinche tan grande como podía. Muchas veces no servía de nada, pero en cuanto podía, me quitaba los zapatos. Hasta una tarde de finales de agosto, en la que yo tenía seis años y llovía tanto que las calles parecían ríos. Me encantaba, por supuesto. Me pasé casi todo el rato mirando por la ventana-obviamente no me dejaron salir-, imaginando que vería peces, o algún monstro marino. Me moría de ganas por salir, para averiguar si el agua era lo suficientemente profunda como para nadar. Fui a pedirle a mi madre otra vez que me dejara salir, pero estaba dormida. Mi papá estaba en su trabajo. Así que muy, muy despacito, abrí la puerta y salí. Ya desde antes de salir no traía los zapatos, así que pude sentir desde el principio el cemento húmedo y frío. A un lado de mi casa, había un pequeño parque (no el que fingía que era un bosque, sino uno tan pequeño que apenas tenía unos diez árboles), al que me dirigí. Fue una de las pocas veces en las que se cumplieron mis expectativas de algo misterioso. Una de las calles que rodeaba el parque estaba completamente inundada, y el parque mismo tenía muchos hoyos (para algunos árboles que iban a plantarse próximamente), que a mis ojos eran estanques esperando a que entrara en ellos. Me di vuelo: Corrí una y otra vez por la calle inundada, hice muchos pasteles de lodo, y junto a mis amigos imaginarios (tenía tres, que desafortunadamente desaparecieron como a los ocho años) tuve todo tipo de aventuras. En cierto momento, la lluvia arreció, a tal punto que no podía ver ni la calle. Fue cuando recordé los estanques, y me metí a uno de ellos, fingiendo ser una sirena. Estuve ahí, chapoteando, feliz de la vida, hasta que empezó a oscurecer. Justo cuando pensaba en salir porque ya estaba demasiado fría el agua, sentí el jalón hacia arriba, acompañado de muchos sollozos de mi madre. Se había despertado apenas una media hora después de que yo hubiera salido; todo ese tiempo se la pasó buscándome, aterrada. Sólo habrán sido unas tres horas, pero ella había sentido que fueron días. Cuando dejó de regañarme, se puso como loca a buscar entre la tierra. Yo estaba muy asustada por tanto grito y llorido como para preguntarle qué hacía, hasta que me gritó: -¿Y tus zapatos?
Supe que me había metido en un problema cuando vio mi cara, y se dio cuenta de que había salido sin ellos.
-Nunca, nunca más, quiero que vuelvas a salir sin zapatos, ¿Me oyes?Luego de decir eso, pareció darse cuenta de que seguíamos afuera, seguía lloviendo, y yo había comenzado a temblar, así que ya más preocupada que enojada, me llevo a la casa de la mano. Pero a medio camino, tuve la mala suerte de pisar un enorme pedazo de botella rota, que se me clavó en la parte más sensible de la planta. Mi grito de dolor hizo que mi madre me cargara de inmediato, y que, llegando a casa, mientras me secaba, me regañara cada vez más por no haberme puesto los zapatos que por haber salido sin permiso a mojarme. Se me quedó tan grabado, que después me resultaba casi traumatizante quitármelos.
Podría ser una mañana cualquiera, normal, y puede que yo me haya quedado dormida o incluso soñando despierta con el misterio que tanto busco… Si es así, será mejor que regrese al salón, porque debo de estar perdiendo clase. Y eso no sería nada bueno para nadie, porque desdé que estuve con Andrés, la escuela ya no es la cosa fácil y satisfactoria de siempre. No es su culpa, claro. Tanto leer libros y más libros me habían hecho tener muy poca vida social. Como mi madre no me dejaba llevármelos a la escuela, no me quedaba otro remedio que poner atención a los maestros. Como hacer lo que me pedían era más fácil que otras cosas, como hablar con los demás, lo hacía. Como no me dejaban leer mis novelas de terror si no acababa la tarea, la hacía apenas llegar a casa. Entendía todo lo que trataban de enseñarme, pero era más como si le pusiera “play” a una grabadora en mi cabeza, y cuando había exámenes, la respuesta que plasmaba en la hoja era prácticamente igual al párrafo del libro en que venía. Por tanto, pocas veces en mi vida había obtenido algo que no fuera un diez, y en esas ocasiones, me sentía frustrada, porque resultaba que el responsable de dicha baja era algún hecho que me distraía; alguna vez en que me decidía a hablar con alguien, o un excepcional caso en el que hubiera ido a una fiesta.
Corro hacia mi salón, y me quedo en la puerta, sin saber si tocar o entrar. Al final, como todo está muy silencioso, toco una vez. No hay respuesta, así que asomo la cabeza, mientras me pongo a pensar en que, incluso aunque hubiera un maestro, no habría tanto silencio. Y, de hecho, no hay maestro. Ni alumnos, ni nada. Vacío. Frente al salón hay una pequeña franja de pasto, y, a pesar del desasosiego que siento por no saber dónde están todos, puede más la curiosidad, y entro al pedacito de jardín que veo todos los días desde la ventana, mientras transcurre la clase. El pasto es tan agradable que me quedo ahí un rato, pensando que el tiempo que usé calzado estuvo perdido.
Sólo en contadas ocasiones me quedo sin zapatos, a pesar de odiarlos. Mi aversión la tengo desde niña, desde que fui consciente de mí misma y de que todo el tiempo me la pasaba con calcetas. Tendría unos dos o tres años, cuando logré desatar los cordones de mis pequeños tenis rosas -después de bastantes intentos frustrados por la llegada de mi madre-, y quitarme las calcetas –también rosas-. Me encantaba sentir la alfombra de mi cuarto con los dedos, hacía cosquillas. Y desde entonces, siempre que trataban de ponerme zapatos otra vez, hacía un berrinche tan grande como podía. Muchas veces no servía de nada, pero en cuanto podía, me quitaba los zapatos. Hasta una tarde de finales de agosto, en la que yo tenía seis años y llovía tanto que las calles parecían ríos. Me encantaba, por supuesto. Me pasé casi todo el rato mirando por la ventana-obviamente no me dejaron salir-, imaginando que vería peces, o algún monstro marino. Me moría de ganas por salir, para averiguar si el agua era lo suficientemente profunda como para nadar. Fui a pedirle a mi madre otra vez que me dejara salir, pero estaba dormida. Mi papá estaba en su trabajo. Así que muy, muy despacito, abrí la puerta y salí. Ya desde antes de salir no traía los zapatos, así que pude sentir desde el principio el cemento húmedo y frío. A un lado de mi casa, había un pequeño parque (no el que fingía que era un bosque, sino uno tan pequeño que apenas tenía unos diez árboles), al que me dirigí. Fue una de las pocas veces en las que se cumplieron mis expectativas de algo misterioso. Una de las calles que rodeaba el parque estaba completamente inundada, y el parque mismo tenía muchos hoyos (para algunos árboles que iban a plantarse próximamente), que a mis ojos eran estanques esperando a que entrara en ellos. Me di vuelo: Corrí una y otra vez por la calle inundada, hice muchos pasteles de lodo, y junto a mis amigos imaginarios (tenía tres, que desafortunadamente desaparecieron como a los ocho años) tuve todo tipo de aventuras. En cierto momento, la lluvia arreció, a tal punto que no podía ver ni la calle. Fue cuando recordé los estanques, y me metí a uno de ellos, fingiendo ser una sirena. Estuve ahí, chapoteando, feliz de la vida, hasta que empezó a oscurecer. Justo cuando pensaba en salir porque ya estaba demasiado fría el agua, sentí el jalón hacia arriba, acompañado de muchos sollozos de mi madre. Se había despertado apenas una media hora después de que yo hubiera salido; todo ese tiempo se la pasó buscándome, aterrada. Sólo habrán sido unas tres horas, pero ella había sentido que fueron días. Cuando dejó de regañarme, se puso como loca a buscar entre la tierra. Yo estaba muy asustada por tanto grito y llorido como para preguntarle qué hacía, hasta que me gritó: -¿Y tus zapatos?
Supe que me había metido en un problema cuando vio mi cara, y se dio cuenta de que había salido sin ellos.
-Nunca, nunca más, quiero que vuelvas a salir sin zapatos, ¿Me oyes?Luego de decir eso, pareció darse cuenta de que seguíamos afuera, seguía lloviendo, y yo había comenzado a temblar, así que ya más preocupada que enojada, me llevo a la casa de la mano. Pero a medio camino, tuve la mala suerte de pisar un enorme pedazo de botella rota, que se me clavó en la parte más sensible de la planta. Mi grito de dolor hizo que mi madre me cargara de inmediato, y que, llegando a casa, mientras me secaba, me regañara cada vez más por no haberme puesto los zapatos que por haber salido sin permiso a mojarme. Se me quedó tan grabado, que después me resultaba casi traumatizante quitármelos.
Sigo en el pasto, hasta que me doy cuenta de que la niebla se ha ido por completo, y por primera vez me veo. Traigo puesta una túnica blanca, brillante, sintética. Mis pies, rojos por el frío. Tengo las uñas de las manos pintadas de blanco perla, el cabello suelto y…una especie de diadema, un círculo perfecto, brillante, porque está cubierto de escarcha dorada. Todo me remite inmediatamente a un disfraz de ángel. Pero, ¿por qué lo llevaría? Estoy en la es-cue-la, no jugando a los disfraces. En primero hicimos una pastorela, pero, en todo caso, yo iba disfrazada de diablo. Me pongo a caminar, esperando a encontrarme con una persona, y, si no la encuentro, irme a mi casa. Lo hago, a pesar de que tengo la sensación de que estoy en un lugar muy, muy lejos de casa.
Seis años después, casi tres años antes de estar aquí, en esta misteriosa y tétrica versión de la escuela, volvía a llover horrible, y yo regresaba de la secundaria. Estaba finalizando el segundo bimestre, y yo iba distraída pensando en lo bien que les caería a mis padres la noticia de que estaba segura de que todas mis notas serían dieces. Últimamente la familia había tenido problemas, y nunca estaban de más las buenas noticias, por pequeñas que fueran. Mis pensamientos me tenían totalmente absorta, por lo que no me di cuenta de que iba a media calle hasta que me tropecé y vi hacia el frente. No me pasó nada grave, yo siempre me caía, pero lo siguiente que noté fue que un coche se acercaba a toda prisa. Y yo estaba tirada, no en medio, pero sí en la ruta del auto. Y era un día oscuro, y la lluvia no dejaba ver. Incluso la tienda que estaba a mis espaldas estaba cerrada, nadie podría ayudarme. Lo único que pude hacer fue pedir en silencio que no me matara, que no fuera demasiado doloroso.
El coche pasó, y se fue. Iba muy rápido para la zona urbana en la que estábamos, así que todo sucedió en unos quince segundos, desde que me caí hasta que una de las llantas del auto me pasó por encina del tobillo.
Estaba tan sorprendida por lo increíble de lo sucedido, que estuve un tiempo –que no sé cuánto fue-si moverme, ni hacer nada. Me di cuenta entonces del parecido de ese día con el otro, en el que mi madre me encontró medio aterida de frío, metida hasta el pecho en un “estanque”. Después del aturdimiento, me invadió la misma sensación de miedo que aquella vez, cuando vi a mi madre asustada y llorando.
Por suerte, no estaba nada lejos de mi casa. De hecho, la tienda estaba en una de las esquinas del parque en el que jugaba esa vez, lo que pudo haber explicado la sensación. Comencé a arrastrarme hacia la banqueta, pero cuando llegue a ella, ya sin el adormecimiento que causaba el agua fría, sentí el horrible dolor de mi pie. Venía de la escuela, con el uniforme de gala, por lo que traía unas calcetas blancas y largas que me llegaban hasta la rodilla. Las bajé de un tirón, dejando mi pie al descubierto. Lo miré, y casi me desmayo; estaba en una posición antinatural, torcida; y tenía una enorme herida abierta. El agua había lavado la mayor parte de la sangre, por lo que podía ver claramente la herida abierta, y me calmó que no fuera demasiado profunda. Me recosté en la pared de la tienda, a la que había llegado con más esfuerzo del que pensaba, y cerré los ojos. El dolor me sacaba gruesas lágrimas y gemidos (nunca he soportado bien ni el más pequeño dolor), pero estaba agradecida de que por lo menos no me hubiera desmayado.
-Oye, ¿estás bien?¿Qué te pasó?
Oí la voz, pero yo ya estaba demasiado perdida y cansada como para responder. Ni siquiera sentí el miedo que siempre me invadía cuando un desconocido en la calle te habla. Sólo sentía dolor y cansancio. Pero entonces, el desconocido-un chico como de mi edad- se acercó a mi cara y dijo mi nombre. Eso me hizo reaccionar un poco.
-Creo que me rompí el tobillo-dije entre gemidos-un…un auto le pasó encima.
El decirlo hacía que fuera peor, y la histeria me invadió y me hizo llorar.
-Tranquila, tranquila, parece que estás bien. Déjame ver.
Se acercó a mi pie con cuidado, y no dijo nada. Creo que se quedó sorprendido al ver la gravedad de la herida, porque lo único que dijo fue:
-Te llevaré a tu casa, no te preocupes.
Entonces empezó a levantarme, pero, de pronto, se le ocurrió algo, y añadió:
-Pero primero, creo que debería quitarte el zapato…está muy lleno de lodo, y te… podrías…te podrías infectar.
Se puso a quitarme mi zapato, y luego la calceta. En la cicatriz de la herida que había dejado el trozo de botella, sentí unas gotitas de lluvia; entonces el déjà vu me asaltó otra vez; ya no importaba nada más que el miedo a desobedecer los gritos de mi madre: “¡No debes salir sin zapatos!”
Me di cuenta de lo que pasaba, de que un desconocido en una calle lluviosa me había quitado uno de mis zapatos, y de que mi mamá se enojaría muchísimo. Un miedo casi animal, el miedo que sentiría una presa a punto de ser atrapada, me invadió de pronto, como no lo había hecho desde aquella ocasión. Me levanté como pude, y la adrenalina me hizo correr, correr como una loca… hasta que llegué a mi casa. En realidad, no habían pasado más que veinte minutos, y como habíamos salido temprano de clases, mi retraso no lo notaría mi madre, pero así como estaba, mojada y con lodo, con un pie sangrando y sin un zapato, la cara de mi madre superaba el espanto.
-¿Qué te pasó?-Me gritó, y entonces me desmayé. Después de explicarle toda la historia, sin omitir detalle –en ese tiempo no tenía ningún motivo para ocultar nada-se tranquilizó, pues al verme se había imaginado lo peor. Nunca he podido mentir, por lo que ella quedó convencida. Tuve que llevar mi pie vendado por algún tiempo, pero no pasó nada peor que eso y que perdí mi zapato. Aunque no lo sabía, algo importante había pasado, y ese accidente había hecho que Andrés entrara a mi vida.
Seis años después, casi tres años antes de estar aquí, en esta misteriosa y tétrica versión de la escuela, volvía a llover horrible, y yo regresaba de la secundaria. Estaba finalizando el segundo bimestre, y yo iba distraída pensando en lo bien que les caería a mis padres la noticia de que estaba segura de que todas mis notas serían dieces. Últimamente la familia había tenido problemas, y nunca estaban de más las buenas noticias, por pequeñas que fueran. Mis pensamientos me tenían totalmente absorta, por lo que no me di cuenta de que iba a media calle hasta que me tropecé y vi hacia el frente. No me pasó nada grave, yo siempre me caía, pero lo siguiente que noté fue que un coche se acercaba a toda prisa. Y yo estaba tirada, no en medio, pero sí en la ruta del auto. Y era un día oscuro, y la lluvia no dejaba ver. Incluso la tienda que estaba a mis espaldas estaba cerrada, nadie podría ayudarme. Lo único que pude hacer fue pedir en silencio que no me matara, que no fuera demasiado doloroso.
El coche pasó, y se fue. Iba muy rápido para la zona urbana en la que estábamos, así que todo sucedió en unos quince segundos, desde que me caí hasta que una de las llantas del auto me pasó por encina del tobillo.
Estaba tan sorprendida por lo increíble de lo sucedido, que estuve un tiempo –que no sé cuánto fue-si moverme, ni hacer nada. Me di cuenta entonces del parecido de ese día con el otro, en el que mi madre me encontró medio aterida de frío, metida hasta el pecho en un “estanque”. Después del aturdimiento, me invadió la misma sensación de miedo que aquella vez, cuando vi a mi madre asustada y llorando.
Por suerte, no estaba nada lejos de mi casa. De hecho, la tienda estaba en una de las esquinas del parque en el que jugaba esa vez, lo que pudo haber explicado la sensación. Comencé a arrastrarme hacia la banqueta, pero cuando llegue a ella, ya sin el adormecimiento que causaba el agua fría, sentí el horrible dolor de mi pie. Venía de la escuela, con el uniforme de gala, por lo que traía unas calcetas blancas y largas que me llegaban hasta la rodilla. Las bajé de un tirón, dejando mi pie al descubierto. Lo miré, y casi me desmayo; estaba en una posición antinatural, torcida; y tenía una enorme herida abierta. El agua había lavado la mayor parte de la sangre, por lo que podía ver claramente la herida abierta, y me calmó que no fuera demasiado profunda. Me recosté en la pared de la tienda, a la que había llegado con más esfuerzo del que pensaba, y cerré los ojos. El dolor me sacaba gruesas lágrimas y gemidos (nunca he soportado bien ni el más pequeño dolor), pero estaba agradecida de que por lo menos no me hubiera desmayado.
-Oye, ¿estás bien?¿Qué te pasó?
Oí la voz, pero yo ya estaba demasiado perdida y cansada como para responder. Ni siquiera sentí el miedo que siempre me invadía cuando un desconocido en la calle te habla. Sólo sentía dolor y cansancio. Pero entonces, el desconocido-un chico como de mi edad- se acercó a mi cara y dijo mi nombre. Eso me hizo reaccionar un poco.
-Creo que me rompí el tobillo-dije entre gemidos-un…un auto le pasó encima.
El decirlo hacía que fuera peor, y la histeria me invadió y me hizo llorar.
-Tranquila, tranquila, parece que estás bien. Déjame ver.
Se acercó a mi pie con cuidado, y no dijo nada. Creo que se quedó sorprendido al ver la gravedad de la herida, porque lo único que dijo fue:
-Te llevaré a tu casa, no te preocupes.
Entonces empezó a levantarme, pero, de pronto, se le ocurrió algo, y añadió:
-Pero primero, creo que debería quitarte el zapato…está muy lleno de lodo, y te… podrías…te podrías infectar.
Se puso a quitarme mi zapato, y luego la calceta. En la cicatriz de la herida que había dejado el trozo de botella, sentí unas gotitas de lluvia; entonces el déjà vu me asaltó otra vez; ya no importaba nada más que el miedo a desobedecer los gritos de mi madre: “¡No debes salir sin zapatos!”
Me di cuenta de lo que pasaba, de que un desconocido en una calle lluviosa me había quitado uno de mis zapatos, y de que mi mamá se enojaría muchísimo. Un miedo casi animal, el miedo que sentiría una presa a punto de ser atrapada, me invadió de pronto, como no lo había hecho desde aquella ocasión. Me levanté como pude, y la adrenalina me hizo correr, correr como una loca… hasta que llegué a mi casa. En realidad, no habían pasado más que veinte minutos, y como habíamos salido temprano de clases, mi retraso no lo notaría mi madre, pero así como estaba, mojada y con lodo, con un pie sangrando y sin un zapato, la cara de mi madre superaba el espanto.
-¿Qué te pasó?-Me gritó, y entonces me desmayé. Después de explicarle toda la historia, sin omitir detalle –en ese tiempo no tenía ningún motivo para ocultar nada-se tranquilizó, pues al verme se había imaginado lo peor. Nunca he podido mentir, por lo que ella quedó convencida. Tuve que llevar mi pie vendado por algún tiempo, pero no pasó nada peor que eso y que perdí mi zapato. Aunque no lo sabía, algo importante había pasado, y ese accidente había hecho que Andrés entrara a mi vida.