martes, 3 de febrero de 2015

Todo acaba en donde pertenece


1

-¿Que qué me pasa? Pasa que me siento como un puñetero animal en celo. Como con un dese enfermizo, malo y asqueroso. ¿Pero quién rayos lo entiende? En los hombres eso es completamente aceptado. Natural. Nunca he visto a un hombre sentirse culpable por querer sexo; nadie se los reprocha –en serio, al menos-…tal vez sea porque no soy un hombre. Pero basta, basta ya de esto. Estoy cansada y humillada y no tengo la testosterona suficiente para regular mi autoestima, así que te libero. Ya no te sientas obligado a complacerme, ya puedes ahorrarte el asco que te supone hacerlo. Ya.

-Pero Amaranta… ¿de qué estás hablando? No te entiendo. Y no me da asco. Sólo te estoy pidiendo un tiempo.

-Asco o no, me has rechazado. Es decir que no quieres hacerlo. Y yo odiaría obligarte a hacer algo que no quieres. No pasa nada. Lo comprendo.

-Bueno… gracias. Igual podemos hacer otras cosas, ¿no crees? ¿Qué se te antoja hacer?

-Creo que no me estás entendiendo.

-¿Cómo?

-No pasa nada, no estoy enojada contigo ni eso… pero así como jamás volveré a obligarte a hacer lo que no quieres, no pienso hacerlo yo. Eso significa… que ya no quiero seguir en esta relación. A eso me refería con que te liberaba.

-No, no me hagas esto, Amaranta. Yo te amo…

-Supongo que sí. Pero… ¿cómo? Con ese amor eterno e imposible, carente de emociones. Con el amor de una madre a sus hijos, tranquilo y sereno, sin necesidad de demostración… como podrías querer a un perro, sin desearlo… ¡Como podrías querer a un muerto! ¿De qué me sirve esa clase de amor? Mándamelo por cartas, igual no creo que cambie.

-¿Pero tú no me quieres?

-¿Acaso eso importa? El amor que yo te puedo ofrecer es exactamente el que te pido, que estoy segura que no te satisface. Parece ser que la pasión no está hecha para ti. Tú sueñas con un amor saludable, con un final feliz y luego treinta años de lo mismo, con una rutina armónica… y eso es veneno para mí. Sé que me dolerá menos no poder demostrarte mi amor por estar lejos, que ver día a día como te aburres de mí y me pasas al último de tus prioridades, cómo dejas de mirarme intensamente y sobre todo, cómo empiezan a parecerte patéticas mis necesidades afectivas.

-Entonces, ¿te vas? ¿No te importa lo mucho que yo te ame? ¿No te preocupa lastimarme?

-Estoy segura que si tu amor es tan inmutable como parece me perdonarás, y seguirás sintiéndolo aunque me vaya. Se supone que es lo único que necesitamos, ¿no? Amor. Y si no… bueno, irá muriéndose, hasta que ya no quede nada. Rencor, quizás. Odio. Pero incluso eso es mejor que lo que me ofreces. Debe haber alguien que sí lo aprecie… suerte en encontrar a ese alguien.

Y Amaranta salió de esa casa, en la que había conocido el verdadero amor, porque eso no era lo que buscaba.

Puede que la clase de cosa que quería –pasión, emoción, deseo-, no fuera justamente amor, pero empezaba a creer que la sociedad sobrevaloraba el concepto. Y puede que lo que buscaba fuera sólo para compensar su baja autoestima. Pero lo que sí sabía era que, detrás del enojo, se ahogaba de tristeza cada vez que Emmanuel, la persona a quien más quería, la rechazaba, y cada vez más. “Por el bien de ella”… ¡Qué carajos! ¿Era acaso él su padre, para cuidarla? Amaranta sabía lo que quería y estaba dispuesta a sufrir las consecuencias.

¡Maldito cuerpo enrevesado, con un deseo tan ardiente y un organismo tan débil para soportarlo!

Tres meses antes acabó en el hospital. No muy grave, ni siquiera la internaron. “Deben tener cuidado”, dijo el doctor. Cuidado, no abstinencia total. Estúpido cuerpo tan diferente de su alma. Ésta hecha para dar amor, por medios físicos… y el burdo cuerpo que sólo servía para lastimar. Y para quedar lastimado. Qué montón de mierda. ¿De qué servía tratar de darle amor a una persona, si no lo quiere?


Es mejor dar aunque sea un poco a alguien que lo acepte, antes que asfixiarse con él. Por suerte, Amaranta tenía a alguien que lo aceptaría, y casi seguro que sin preguntar. Llegó a la puerta con el número 508 y tocó.

2

Emmanuel depositaba con cuidado una carta sobre la cama de hospital, junto a la cabecera para que fuera lo primero que Amaranta viera al despertar. <<Ha cambiado mucho>>, pensó al verla.

A pesar de lo demacrada y pálida, podía verse más serena, feliz. Y terriblemente hermosa. De pronto, lo invadieron unas ganas tremendas de hacerle el amor allí mismo, en cuanto despertara. De decirle todo lo que no hubiera quedado claro en su carta…incluso de disculparse por lo de tres semanas antes.

Pero David llegaría pronto, y de seguro se armaría una pelea si lo veía ahí. Así que, cambiando rápido de idea, puso la carta en una mano de Amaranta, y se fue. Mientras el frío aire de diciembre le cortaba la cara y formaba nubes con su aliento, los recuerdos de su injustificada acción se repetían una y otra vez. A pesar de lo que le hubiera escrito a Amaranta, no se arrepentía. No necesitaba un “amor sano” (cómo lo habían atormentado esas palabras, se le clavaban lo justo para enfurecerlo), sino a ella. Pero siempre se sentiría culpable si no le decía que le había echado algo en la bebida esa noche en el bar y… y… parecía grosero no disculparse.

Llevaban ya medio año separados. Tristeza y enojo si hubo, aunque Emmanuel pronto sabría que lo que más tenía era paz y tranquilidad.

Amaranta tenía razón, era mejor amarla a distancia y sin sobresaltos.

La primera semana. El primer mes, a duras penas. Luego se volvió un suplicio. Hacía un comentario que sólo ella entendería y se daba cuenta de que no estaba. Leía alguna de sus publicaciones (nada importante, apenas unos cientos de copias, “serán de colección”, decía para consolarse) y se moría de ganas de hablarle.

Así comenzó, por el lado intelectual. Luego se convirtió en un deseo irrefrenable de tenerla de nuevo, ambos conectados, por horas y horas. Dejó de importarle incluso que eso la dañaría. Se lo tenía merecido por dejarlo así.

Los siguientes meses fueron sólo la vida de un acosador, es decir, una sombra de la vida de ella. Siguió a Amaranta sin descanso, a la justa distancia siempre para que no sospechara. Cada noche. Hasta que ella y David fueron a un bar (él ya lo sabía), tres semanas antes.

Esperó a que hubieran bebido bastante, y luego, fundido con la multitud, añadió droga al vaso de ella. Esperó.

La llevó a su casa. Amaranta parecía muy normal, pero no protestó en todo el camino.

Entonces, una vez con ella ahí, se dio cuenta que todo lo que sentía haberla extrañado no era nada comparado con ese momento, sentía el gran alivio de tenerla y eso le revelaba la profundidad de su miedo cuando se fue. Dieciocho horas fueron apenas suficientes para satisfacer su necesidad atrasada de amarla, y cuando la dejó dormir, toda confusa (en una habitación sin luz, sin hablar nada), llamó desde su celular a David, pretextando que se había perdido la noche anterior, al irse enfadada porque él no le hacía caso. Que pasara por ella a la calle C…


La dejó ahí dormida (un descuido muy grande), recostada en una banca. La vio irse. Y por su acoso continuado, se dio cuenta de que la había lastimado tanto que tuvieron que dejarla en reposo todo este tiempo. Dios, como esperaba que ella regresara. Sabía, por esa noche, que no podría vivir sin ella los treinta años siguientes, de felicidad monótona o de acosador.

3

David se limpiaba la sangre del labio inferior, mientras sentía hincharse su cara por el puñetazo que Emmanuel le había dado. “Esa carta no era para ti”, fue lo único que dijo. Al parecer, el muy pervertido lo vigilaba, y al verlo abrir el papel que sostenía la extrañada Amaranta en las manos, se acercó como un loco. Puede que hubiera sido culpa de Amaranta, que escogió un mal momento para salir al parque a tomar aire, y para contarle sobre la carta que le llevó algún desconocido en el hospital y no se atrevió a abrir.

Puede que hubiera sucedido a propósito. No lo sabía, pero sí podía sospechar porque había leído ya dicha carta. La había encontrado antes que Amaranta, y la ocultó. Pero el bastardo de Emmanuel se había tomado la molestia de pedirle a una enfermera que le dijera a Amaranta que le habían dejado una carta, y ella no paró hasta hallarla. Para luego no querer leerla.

Luego, a pesar de ver a dos hombres pelear por ella, en vez de detenerlos se decidió a leer. Ambos pararon y se le quedaron mirando, esperando su reacción.

Amaranta miró fijamente a Emmanuel. Sus ojos brillaban por las lágrimas apenas contenidas.

-Lo siento, pero esto no cambia nada. Te perdono, si eso es lo que quieres. Adiós.

Se levantó y caminó hacia el auto (acababan de darle el alta). David la siguió, pero volvió sobre sus pasos para decirle a Emmanuel:

-Ella siempre lo supo, ¿sabes? Me lo contó apenas subió al coche. Dijo que lo permitió porque necesitaba cerrar un ciclo contigo, y yo la perdoné (Emmanuel pudo escuchar con toda claridad a Amaranta diciendo eso, a Amaranta mintiendo. Él siempre lo supo, también. Y como si se lo estuviera diciendo, entendió lo culpable que se sentía Amaranta por haberlo orillado a tal extremo). No eres lo que necesita, ya no. Y si lo fueras, no me importaría, igual trataría de quedarme con ella. Es justo por eso que me prefiere a mí.


4

David sabía lo que tenía que hacer, y lo hizo. Golpear a Amaranta por ser tan puta, luego besarla como despedida y dejarla ir, sin rencores. Porque como ella le dijo, ya era hora de darle su amor al legítimo dueño. Que no era él. Se había beneficiado un tiempo, pero ese tiempo había acabado, y él se sentía muy bien por haberlo disfrutado, a pesar de su tristeza. Siempre supo, en el fondo, que la brillante Amaranta, con su media cola y cabello esponjado, que cada mes se enamoraba de alguien diferente, jamás sería para él. Lo sabía desde que era un adolescente violento y ella era lo único que lo calmaba, con su interminable hablar, y lo sabía ahora, en medio de ese beso con sabor dulzón, casi comestible, que para ella no era más que un roce de piel y para él el final de una fantasía.

5

Emmanuel se encontraba en su habitación, confundido. Tenía la sensación de haber dormido más de diez horas y un sabor familiar en la boca. Lo primero que sintió en su mano fue una hoja de papel. Era su carta. El gesto le pareció macabro, pero sin sentido. Sin un motivo, volteó la carta.

<<Mátame>>


Hasta entonces fue consciente de que Amaranta dormía a su lado. No por mucho tiempo.

6

Emmanuel no tuvo su “felices para siempre”, pero tuvo a Amaranta. Se dio cuenta de que no necesitaba más.

Amaranta tuvo exactamente lo que quería, y en el proceso descubrió que, si no hubiera sido con Emmanuel, no habría sido con nadie. Al final los dos, como uno solo, se perdieron en el todo cósmico, durante la más grande expresión de amor que son capaces de dar las personas. Qué sería de ellos después, eso ya no tenía importancia.





No hay comentarios.:

Publicar un comentario