<<¡Espera hijo! ¡El mundo tiene una palabra para esto!>>
Taboo, una de tantas películas.
Primero fue tan lindo tenerlo. Rendirme a él, renunciar a los demás hombres. Con su ternura, su sonrisa traviesa, con todo lo que la infancia le daba de atractivo. Su carita suave. Mi pequeño. Ya saben, siempre fue travieso. Antes, tenía toda mi vida arreglada, trabajaba y con el dinero ayudaba a mi mamá, salía a fiestas, tenía amigas, y más de una docena de novios, no a la vez, claro... o casi nunca. No pensaba mucho en el futuro, en realidad nadie que conozco lo hace a los veinte años, y eso vuelve las cosas mucho más encantadoras, una sorpresa constante.
Unas dos o tres casas después de la nuestra, en unos condominios muy pobres, vivía una de las vecinas con las que más hablábamos mi mamá y yo, doña Cleotilde. Dejamos de frecuentarnos tanto cuando ella se juntó con un hombre, un borracho y adicto, pero nunca dejamos de saludarnos ni de tener alguna plática ocasional en la tienda. Pasó lo que tenía que pasar, doña Cleo tuvo un bebé, era una niña preciosa, morena y muy pequeñita, de verla me daban ganas de una a mí también, a pesar del padre, que de todas formas era lo menos importante. Yo trabajaba, yo sabía hacerle de todo a un chiquillo, para lo único que necesitaba hombre era para que me lo diera. Obviamente jamás le contaba cosas así a mi mamá, de por sí cuando la Cleo me encargaba a su nena para irse detrás del papá ya me decía que era meterme en problemas innecesarios, que no iba a descansar bien y no podría levantarme temprano. Al final tuve que negarme a cuidársela. Poco tiempo después, una de las noches en que más sueño tenía, calentaba agua para mi café, cuando alcancé a oir un llanto muy fuerte. No había mas bebés cerca, tenía que ser la de Cleo. Fui a su casa, donde la puerta estaba entreabierta, y allí estaba la muñequita, llena de mocos y con el pañal sucio desde hacía muchas horas y morada de tanto llorar. Ni siquiera estaba sobre la cama, se había caído al espacio que había entre la base y la pared. A mi mamá no le hizo nada de gracia que me la llevara, pero simplemente no podía dejarla ahí. Ya limpia, sin hambre, dormidita... pocas cosas, antes o después, las quise, las deseé tanto.
No quiero acabar de contar esta historia, pero es necesario. Es una de las razones que me convenció de tener a mi pequeño. No es nada que no se pueda imaginar, se repitió la escena dos o tres veces, en la mañana llegaba Cleo y me daba las gracias, muy apenada. Al final se fue a otro estado, siguiéndolo a él, y en menos de un año nos llegó la noticia de que se le murió su nena. Todavía me acuerdo a veces, mientras cocino, mientras ordeno un poco mi casa, y me vuelven a sonar las palabras de mi madre en la cabeza, se me aparecen como verdades implacables aún ahora que sé que no son ciertas. Que está mejor así, que nada bueno le esperaba si crecía. Cosas iguales o peores que a sus papás. Que yo no podía hacer nada, que no iba a aventarme y que la gente hablara mal de mí por una nena que no era nada mío.
Puede sonar anticuado pero me da vergüenza entrar en detalles, incluso ahora que hablo de todo. Sólo digamos que sí, yo no le tengo miedo a nada y nunca me echo para atrás y en una de esas... ya estaba, podía tener a mi pequeño. No voy a negarlo, me asusté, pensé en irme y seguir sola, pero mi madre, cuántas veces no he de mencionarla, me hizo entrar en razón. Hay cosas que simplemente uno no puede negar, ni siquiera con la verdad de su lado. Y vamos y actuamos como se debe.
Pero esta no es una historia triste, y tampoco es que me arrepienta. Fue muy divertido verlo crecer y aprender, estar con sus amigos y solapar sus travesuras. Cuando llegaron sus hermanitos fue la mejor época de mi vida. Era el hermano mayor, tan responsable, tan juguetón, un niño a pesar de su edad. Se los llevaba a los tres a todos lados, y a pesar de mi trabajo a veces me contagiaban su entusiasmo y los seguía. Los veía correr tras la pelota, perseguirse, pelearse. Los cuidaba, les daba de comer, día con día me iba quedando bajita al lado de ellos. Mi pequeño ya no estudiaba, en realidad nunca le gustó, pero sus hermanitos sí. Él y yo trabajábamos para darles todo. Realmente, aún ahora, todo eso me parece una bendición.
Él le llevaba varios años a sus hermanitos, y, como había sido desde el principio, dormíamos juntos. Nunca me molestó ni vi nada malo en ello, me gustaba mucho. Mi pequeño siempre me quiso mucho, y yo a él. De hecho él me quiso primero, tan imposible como suene. Siempre ha sabido lo que quiere. Todavía... aunque ya no pueda dárselo.
Ése fue el problema, quizá. No lo que no pudiera darle, sino lo mucho que me quería. Hombre al fin y al cabo, bastó un accidente para que me dejara. Iba en carretera con un amigo suyo cuando chocaron. Su amigo no sobrevivió, y dejó a una esposa desconsolada. Él se sintió responsable. Se encargó de ella, primero de consolarla y luego de ocupar el lugar de su esposo. Me lo negaba, pero yo los vi. Me rompió el corazón, pero yo no soy de las que van y lloriquean, yo me enojé y lo corrí. Ya era grande, podía arreglárselas solo por más que lo fuéramos a extrañar sus hermanitos y yo. Ahora pienso que hubiera sido lo mejor que se fuera, que ahí acabara esa etapa de nuestras vidas, que eso era algo que él necesitaba para madurar. Pero yo ya era madre, y lo único más importante para mí que educar a mis hijos, que ayudarlos a madurar, era no dejarlos solos. Lo habría dejado volver incluso sin que prometiera no volver a verla, no volver a ver a ninguna otra. Al fin y al cabo, era mi pequeño, sólo mío, y yo lo quería demasiado como para dejárselo en charola de plata a cualquiera.
Fue más fácil con sus hermanitos, que se fueron después, y prácticamente de golpe. Tampoco me dio demasiado gusto al principio, pero era diferente con ellos. Ay, sus hermanitos. Muchísimo de lo bueno y de lo malo que hacen es debido a él. Ahora pasa algo raro, son mayores que su hermano mayor, y no podría darme más gusto. Porque mi niñito no crece, creo que fue culpa mía. Quiero decir que es grande y todo, y hace lo que todo adulto, pero no crece. Es capaz de ir y mentirme y meterse en los congales mas asquerosos, pero no es capaz de avanzar. Siempre será un niño, un niño con demasiado poder, triste por el pasado, por sus propios errores y los de su origen. Muchas veces me he preguntado si no hace todo esto por autodestruirse, si no parará de dañarse hasta que lo logre.
Pero es mi niño, depende de mí, y aunque me rompa una y otra vez, me quiere muchísimo, casi tanto como yo lo quiero...
....Como yo lo quería.
Somos viejos ahora, y sé que jamás lo dejaré, pero por fin he podido decir basta. Le entregué muchas cosas, dejé de ser mujer para ser sólo una madre durante casi cincuenta años y eso no volverá, pero ya no más. Ya nunca volveré a compartir una cama conyugal con alguien que, para fines prácticos, pocas veces fue más que mi hijo.

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
ResponderBorrarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrar