lunes, 14 de noviembre de 2016

De algo nos vamos a morir

Para toda la familia de la casa verde, vivos y muertos.

Su padre siempre fue un hombre cruel, eso es lo que cuenta. Ella y sus hermanos, los que aun la visitan. También nosotros vamos, continuadores de la antigua tradición familiar de comer los sábados, todos juntos, en casa de la abuela.

     No estoy segura de su color actual, pero en mi mente siempre es verde; un verde menta oscuro que cubre todas las paredes y se ennegrece en las puertas. Tiene una construcción antigua, típica de las casas céntricas remodeladas en los setenta: la mitad es un patio alargado y la otra mitad habitaciones; una después de la otra, por dos pisos. Y en el piso de arriba un pasillo tan angosto como insegura es la reja (ya muy oxidada) que da al patio de abajo. Hoy ya son menos los cuartos habitados que los vacíos... de personas, porque yo estoy segura que hay mucho más (más qué, no podría precisarlo) en los cuartos sin ventanas que en la cocina o la sala, donde generalmente transcurren nuestras visitas.

     Pero lo mejor es el patio... al que se cuela el sol de la forma más agradable: directo en las primeras horas de la mañana y como resolana por la tarde. Cuando hacía calor y todos los tíos se llevaban bien, solían sentarse en las baldosas desgastadas y rojas a conversar, mientras yo observaba desde las escaleras, sintiendo el frío suave a través de mis shorts, con la mejilla pegada al barandal. 

     La locura senil del abuelo (del mío, no del de mi mamá) colocó primero un techo de lámina sobre ese patio, y después un montón de material de construcción para formar un techo sólido que aún no se concluye. Así que el sábado pasado lo que nos esperaba era un sitio lúgubre, oscuro y húmedo (no pararía de llover ni ese día ni el siguiente), y la notoria ausencia de algunas de mis tías, acentuando el frío. 

     En la cocina, aislada como todos los cuartos, brillaba una luz amarilla sobre los restos de la escasa comida y mucha botana, mientras la abuela decía que su padre siempre había sido un hombre cruel, que es a lo que quería llegar, por lo que me callaré y trataré de reproducir su voz, aunque bien sé que fuera de esa cocina será imposible. Sobre todo si hace sol.

Una vez me dijo que era así porque había sufrido mucho. Se compraba mangos petacones y les cortaba la pulpa, y elegía a uno de nosotros para quedarse con el hueso. No dejaba que mi madre nos cocinara lo que quisiéramos; siempre había que esperar a que acabara y llenarnos con las sobras. Yo por eso les cocinaba a mis hijos lo que querían. A tu mamá siempre la andaba persiguiendo el abuelo: "Estás rebuena, Susanita", "Te doy diez dólares si te cortas el pelo"... pero ella nunca le hizo caso. Y el día que llegó a la casa pelona, le dije: "Ya te lo cortaste de oquis". 

Me preguntó de pasada por "La Nájera", una tía que estudió mi carrera, y le conté que seguía fumando y leyendo.

Si... es el mal de los Ramírez, su hermano está igual. Esconde el cigarro cuando me ve, pero al final se ríe y me dice "Pues de algo me tengo que morir, tía". Igual mi papá, aunque él era menos elegante... me pedía comida y yo le decía que no, por la hipertensión -Ah que mi padre, tuve que ir a un año de terapia con Laurita para llegar al fondo de mi depresión, y era él-, para que me sonriera y, con su voz gruesa, soltara su típico: "Ay hija, de algo nos vamos a morir, y ni la mierda nos vamos a llevar". Y fíjate nada más, cuando se accidentó había comido atún y se hizo encima: ¡Vieras qué peste! A la pobre de tu mamá le tocó estar ahí, y cuando llegué estaba llore y llore, porque olía muy feo y las enfermeras no habían querido cambiarlo.

No puedo evitarlo, empiezo a reír. Pero en el fondo lo que siento es admiración e identificación, mi maña de contar desgracias propias como anécdota humorística queda plenamente explicada.

Se fue rápido, en nueve días... no sufrió. Cuando le pusieron en el cuello un rosario, él, inconsciente como estaba, se lo arrancó. Y yo, toda asustada y llorosa, le dije a Federico - el químico farmacobiólogo, el que vivió-demasiado-rápido pero a su manera, el dueño original de mis libros, el que se fue apenas días antes de que yo naciera - :"mira, se lo arrancó", y él, con enojó, me soltó: "Es que tu quieres que sea como en los cuentos de hadas, que todos se hagan buenos al final, y no es así".

     Me gustan las historias de antes de que yo naciera, tienen una cualidad mágica, a lo mejor por que no las viví, por que me las tengo que inventar. Y yo, que me reí de mi hermanita cuando le preguntó a mamá si se acordaba cuando todo era en blanco y negro, me doy cuenta que los recuerdos ajenos los imagino en sepia. Y pienso que todos los Ramírez tienen razón, de algo nos vamos a morir, ya sea con los vicios o gastándonos la vida demasiado rápido o ahogados de melancolía en esta casa verde, pero aquí algo va a quedar. Y cuando se cumpla el deseo de la abuela de morirse aquí, y aún cuando se hayan marchitado todas las flores que yo le quiero plantar y haya un terreno baldío o alguna casa nueva encima del terreno, si alguien pasa, sé con certeza que no le vamos a ser indiferentes.










1 comentario:

  1. A veces nos saben tan bien lo recuerdos que cuentan nuestros familiares del pasado, y no sólo porque ya sean expertos en contarlos tan sabroso, sino que ha valido la pena contarlos hasta nuestros días.

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